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HEMEROTECA » EL TIEMPO » |
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Cuando ambos equipos miraban de reojo hacia el túnel de vestuarios, Diego Camacho dio un golpe sobre la mesa para decir alto y claro que el Sporting es un equipo de Primera División. El madrileño marcó su primer gol con la camiseta del Sporting justo cuando más falta hacía. Y así, a la tremenda, el Sporting se puso al mando de las operaciones.
El nuevo escenario era el soñado por los rojiblancos. El Valladolid acusó el golpe y los nervios se concentraron en las botas y en el cerebro de sus futbolistas. Aun así, salieron enrabietados y volvieron a exigir el máximo de Cuéllar. Las ocasiones se sucedían y Zorrilla celebró un gol de Sesma que fue anulado por fuera de juego. El Sporting disponía de algunas claras acciones a la contra, pero siempre le faltó el último pase. El Sporting llegaba hasta la puerta local, pero se olvidaba de llamar. La jugada más clara de los rojiblancos la produjo Barral con un doble desborde sobre la línea de fondo. Su envío para Kike Mateo, que esperaba en boca de gol, fue interceptado por el pie de Asenjo.
El protagonismo pasó entonces a los banquillos, donde Mendilíbar ganó claramente la batalla táctica. Preciado sustituyó a Gerard, lesionado por Jorge, y recurrió a su cambio de cabecera al meter a Bilic por Pedro. La ruleta la completó la entrada de Maldonado por Kike Mateo.
Pero el cambio que transformó el partido fue la entrada de Canobbio. El uruguayo, incomprensible reserva por detrás de futbolistas mucho menos dotados que él, convirtió en claras oportunidades sus dos primeras apariciones. A la primera se le marchó fuera, por poco, un remate con el exterior cuando se encontraba solo ante Cuéllar. A la segunda, el uruguayo cruzó el campo en una contra eléctrica. Canobbio eliminó contrarios con un slalom eléctrico y a la hora de la verdad asistió a Jonathan Sesma, que mostró su frialdad para superar Cuéllar y aplacar a la Mareona.
El Sporting, un equipo de natural frágil, esta vez respondió como los grandes ante la adversidad. Los rojiblancos buscaron el camino más corto hacia Cuéllar con balones frontales que, esta vez sí, ganaron Bilic y Barral. También hubo centros laterales como el que provocó un fallo clamoroso de Asenjo que dejó el balón vivo en el área. En su caída, el portero cometió un claro penalti sobre Diego Castro.
Esta acción fue premonitoria. En el enésimo pelotazo arriba, Maldonado provocó una falta lateral que él mismo sacó con mucha intención al segundo palo. Allí emergió la testa poderosa de Bilic para llenar de vida al sportinguismo. Fue una explosión casi nuclear, una alegría sin límite. Hasta que alguien miró el reloj y recordó que aún quedaba una docena de minutos, que parecieron miles.
El Valladolid buscó el gol a la tremenda y el Sporting quiso matar el partido. Hubo algún sobresalto como en las ocasiones de Ogbeche y Canobbio en los últimos minutos, pero afortunadamente sin trascendencia. Por una vez el Sporting supo ser uno de esos equipos incómodos, feos de ver y que manejan al dedillo los tiempos del partido. Por una vez, el Sporting fue uno de esos equipos que saben ganar y que no tienen miedo a hacerlo. La victoria desató una fiesta inmensa y deja la salvación en sus manos.
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