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HEMEROTECA » EL TIEMPO » |
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LUIS M. ALONSO Lo sobrenatural resulta imprescindible para algunos jugadores de fútbol o entrenadores cuando la victoria está en juego. Desde entrar en el campo pisando el césped con el pie derecho, lo que acostumbran a hacer Ronaldo y Roberto Carlos; besar el anillo de casado cada vez que mete un gol, como es el caso de Raúl, hasta encerrarse en la astrología, la cábala y la santería. El desaparecido Pablo Hernández Coronado, jugador de fútbol, árbitro, crítico deportivo, federativo y seleccionador nacional, además de autor de la famosa frase «me gustaría ganar en el último minuto y de penalti injusto», solía contar que, después de inaugurar el Bernabeu, el Real Madrid pasó otros seis años sin ganar la Liga, hasta que un hincha acabó con el maleficio enterrando una cabeza de ajo en el centro del terreno de juego.
Sabemos, por ejemplo, que el nuevo astro madridista, el mediático Cristiano Ronaldo, es devoto de la superstición: jamás se quita de las orejas sus aretes de la suerte y para evitar posibles accidentes en los partidos se los cubre con un esparadrapo. No es seguro, sin embargo, que ser supersticioso traiga buena suerte. Para ilustrarlo, déjenme que les cuente algunos casos.
El trece, al contrario que para otros, significa para el ex futbolista y técnico Mario Zagallo un número talismán. El «velho Lobo» creía que Brasil iba a ser campeón del Mundial de 2006, no porque tuviera un buen equipo, sino porque «la canarinha» había empezado a jugar un 13 de junio, día de San Antonio. Efectivamente, los brasileños ganaron en esa fecha a Croacia por uno a cero, pero, finalmente, no pasaron de cuartos, donde cayeron en Fráncfort frente a la potente selección francesa de Zidane, con gol de Henry. Hasta 2002, en que Brasil ganó por quinta vez la copa mundial, Zagallo vivió convencido de que sólo dos números, el trece, de su venerado San Antonio, y el siete, podrían alumbrar las esperanzas brasileñas. Se basaba en el éxito vivido por él mismo como jugador en Suecia, en 1958, año cuyas dos últimas cifras suman trece, y también, por la misma razón, en 1994. Zagallo se ha dedicado en su vida a hacer las suficientes composiciones con letras y números buscando la combinación mágica. Para empezar, siempre jugó luciendo en la camiseta el número trece; hasta no hace mucho, al menos, vivía en la planta número trece de un rascacielos de Río de Janeiro; se casó el 13 de enero de 1955 y el coche que más ha utilizado tiene la matrícula 0013. Zagallo pensaba igualmente que el flamante madridista Kaká iba a ser el mejor jugador de ese Mundial de 2006, por haber debutado también un trece de junio, cuatro años antes, contra Costa Rica, en el campeonato de Japón y Corea.
Alemania, como resultará fácil de entender, defraudó cualquier expectativa supersticiosa. Lo mismo que el trece no resultó ser un talismán para Zagallo y Brasil, tampoco lo fue para Japón el perro de diez años que, otro brasileño universal, Zico, llevaba a los partidos, acompañando a la selección nipona, que entonces entrenaba, y cuya presencia cercana tenía por bendita después de dieciocho partidos sin conocer la derrota. Japón cayó, sin embargo, derrotada en el partido en que debutó frente Australia por 3-1. Lo curioso es que el «perro mágico» debió de perder sus poderes faltando sólo ocho minutos para el final. Hasta entonces el resultado era favorable a los japoneses por uno a cero.
La religión es también un refugio de los futbolistas creyentes o de quienes invocan a las divinidades con gestos que van más allá de persignarse antes de saltar al terreno de juego. Pelé era uno de los futbolistas que más rezaba antes de los partidos, confiando en que sus creencias le aportarían más fuerzas para doblegar al contrario. El francés Franck Ribéry, que se convirtió al Islam en 2002 y responde al nombre musulmán de Bilal, reza a Alá antes de cada choque. En la última Eurocopa lo hizo sin que le diera demasiada suerte ya que regresó a casa lesionado y con Francia eliminada en la fase inicial. Un compañero suyo en el Bayern Munich, el italiano Luca Toni, se zambulló directamente en la superstición al dejarse bigote, que supuestamente trae suerte, después de una mala racha goleadora en los partidos iniciales clasificatorios de ese mismo campeonato. Nada mejoró, sin embargo. El jugador de Módena volvió de Alemania con el rostro afeitado y sin haber marcado un gol.
Uno de los grandes fracasados de la Eurocopa, el seleccionador francés Raymond Doménech, aficionado a los juegos cabalísticos y astrológicos y por esa misma razón a convocar a los jugadores teniendo en cuenta fechas y astros, se empeñó en negar una y otra vez su apego a lo sobrenatural. «Ser supersticioso trae mala suerte», dijo. Lo mismo pensaba el gran Luis Suárez, que no creía ni en las maldiciones ni en los fenómenos paranormales, pero que estaba convencido de que cuando el vino se le derramaba sobre la mesa iba a meter más de un gol. No siempre sucedió así.
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