MARIO RODRIGO
Cómo irán éstos?». Haciendo un paréntesis en mis quehaceres laborales, abrí la página web de la Federación Española para seguir el resultado del Gijón Baloncesto en el último partido de una penosa temporada -la Federación cogió hace tiempo la buena costumbre de seguir los marcadores de las diferentes categorías cuarto a cuarto-. Para mi sorpresa, la única cancha de toda España de la que no se tenían noticias era el Palacio de los Deportes de Gijón. Por vez primera (y mira que ha habido oportunidades), sentí vergüenza de ser socio de ese club. Por cierto, el partido acabó como muchos otros a lo largo del año: con una humillación casera ante un equipo que ya había consumado su descenso varias jornadas antes y que venía sin sus principales jugadores. La esperpéntica expulsión del entrenador local, dando un espectáculo bochornoso en un partido en el que nadie se jugaba nada, fue el lamentable cierre competitivo de la entidad.
Así acaba su historia el Gijón Baloncesto, un proyecto que nació bonito y que muere como un fantasma: sin personal, sin teléfono, sin página web y sin un interlocutor con la Federación Española. Una iniciativa que ha ido perdiendo apoyos y que ha terminado cortando los pocos lazos que le quedaban con el exterior. Lo arrinconaron contra una ventana y terminó tirándose. En el colmo del surrealismo, el Gijón Baloncesto le había dado la espalda hasta a la Fundación Gijón Baloncesto. Asturias en su pura esencia: pocos y mal avenidos.
Definitivamente, para estar así es mejor no estar. Y no creo que buscar culpables deba ser una prioridad, aunque parece la gran obsesión del último consejo de administración. Sin duda, para llegar a acumular una deuda cercana a los 2 millones de euros hacen falta varios ejercicios, si no todos, gastando más de lo debido. El error en la gestión económica ha sido una constante. La última vez que se apostó por un equipo competitivo se bajó a la LEB Plata, una categoría con un nivel bajísimo que apenas suscita interés, y la crisis dificulta enormemente encontrar patrocinadores. Además, no nos engañemos, desde que subió el Sporting a Primera la suerte de los demás equipos de Gijón a la inmensa mayoría de los ciudadanos le importa un bledo. En cualquier caso, disolver la sociedad es una decisión más sensata que tratar de regenerarla desde la EBA, una idea disparatada del penúltimo presidente que contaba con el no menos descabellado apoyo del Ayuntamiento.
Pero Gijón tiene un montón de aficionados al baloncesto, muchos reales y muchísimos potenciales, que merecen un nuevo esfuerzo. Sin el lastre de la deuda, es de esperar que pronto surja un nuevo proyecto, a ser posible dotado de unas categorías inferiores que ejerzan de tejido social para sostener al club en los momentos delicados. Será difícil conseguir el mismo consenso que en los ochenta, pero merece la pena intentarlo. Y, por favor, que lo promueva gente del baloncesto.
Estos días no me quito de la cabeza la reunión de los fundadores, especialmente la insistencia de un Dionisio Viña al que no puedo dejar de añorar. «Éstos no irán a bajar, ¿eh?», me espetó la última vez que le vi. «Tiene toda la pinta, Dioni», le respondí. Menos mal que no tengo que darle la noticia de que sus ilusiones, tras dar muchas vueltas, se han ido por el desagüe.