Valencia, Á. FAES,
enviado especial de
LA NUEVA ESPAÑA
En el número 9 de la calle Juan José Dómine una azafata da la bienvenida mientras comprueba la lista de invitados. El portal oscuro y su estrecho ascensor son el mejor camuflaje para lo que se cuece en la azotea. A golpe de champán, medio centenar de invitados de Red Bull disfrutan de la Fórmula 1 de una manera diferente. Es una atalaya perfecta sobre la recta que aparece tras la primera curva.
Lo que sucede abajo no es demasiado importante para ellos. Clientes preferentes de la bebida energética, la mayoría dueños de discotecas y locales de ocio, huyen del sol que castiga las tribunas. «Esto es mucho mejor. Puedes mirar un rato a los coches y después te tomas una copa... o dos», explica un tipo de camiseta blanca ajustada y una caipiriña en la mano.
Quince personas, entre cocineros, camareros y azafatas, se encargan de que no falte de nada, un equipo perfectamente coordinado y entrenado para que los invitados se sientan como en casa. De fondo se escucha la música house que pincha un discjockey. Y en un par de pantallas, la Fórmula 1. Quien quiera centrarse en los coches no tiene más que colocarse unos auriculares inalámbricos conectados a la retransmisión de La Sexta.
«¿Todo bien? Me alegro». La pregunta la hace Dani Martín, que muestra su aprobación tras la respuesta afirmativa. Es el responsable del departamento de hostelería de Red Bull en España. Lo controla todo al detalle. Es el segundo año que se hace cargo del Sky Terrace, un ático con todo el atrezzo de la bebida que da alas, piscina incluida.
El coste del asunto viene a ser de unos mil euros por persona si se dividen gastos entre invitados. Qué menos para algunos, los mejores clientes de la casa.
La piscina es la mejor solución para el calor. En plena tanda clasificatoria aparecen los bikinis y el personal se lanza al agua copas incluidas. Desparrame. Alonso sufre para entrar en la Q3 y algunos prefieren dedicarse al wok de pollo con soja que ofrecen los camareros. «El año pasado acabé en la piscina con ropa, fue un desfase», confiesa una invitada con piercing en la nariz. Después de un rato hay a quien se le sube el espumoso, pero el buen rollo marca de la casa es obligado.
En un ambiente ibicenco, con más chanclas que tacones y vestidos vaporosos como uniforme, dejan de oírse los motores. Alonso, octavo en la parrilla. Nadie se inmuta y un joven pregunta por los pilotos de la casa, entre ellos el español Jaime Alguersuari (Toro Rosso), a quien esperaban por allí un poco más tarde y confiaban en que se pusiera a los platos. Además de pilotar tiene talento como «Dj» y ya lo demostró en la Summer Week de Barcelona. La fiesta sigue hasta media tarde. Entonces bajan la persiana. Hasta hoy. A las diez en punto se sirve el desayuno...