PACO GARCÍA
Años antes de recalar en Oviedo, Raúl González entrenó al Zamora, equipo al que salvó, en la última jornada y en Salamanca, de un más que probable descenso a Tercera. Por aquel entonces, Raúl era un técnico que disertaba en esdrújulos. El día de su presentación oficial en la planta noble del club principal de la ciudad del Duero dijo que el «fútbol no es matemático sino geométrico». Y hubo aficionados que amenazaron con presentarse en el estadio con escuadra y cartabón para medir el juego del equipo con el nuevo míster. De tanto elucubrar, el fútbol se ha convertido en un problema de álgebra, en un galimatías: los jugadores ya no saben si hay que triangular, tirar una diagonal o trazar rombos en el centro del rectángulo.
En aquella misma época en que Raúl González teorizaba en Zamora y dormía a las ovejas, pasó también efímeramente por Madrid un brasileño, Wanderley Luxemburgo, que popularizó el cuadrado mágico. Cualquier día de estos no tardará en calentar banquillos un cateto iluminado que propondrá defender la estrategia desde el ángulo contrario y por medio de hipotenusas. Tengamos por cierto que el fútbol no es ciencia exacta, pero los problemas siempre aparecen cuando no salen las cuentas: si un equipo no suma, se multiplican las quejas y se instala en la grada la división de opiniones. Y cuando así ocurre, los directivos se salen por la tangente y en vez de echar el resto echan al entrenador, que siempre es el primero que pierde la química cuando falla el físico. Tiene razón Raúl en que el fútbol no es matemático, pero se rige por la tabla. No hay más ciencia, por mucho don de lenguas que gaste el técnico.