JUAN J. ALONSO
La prensa deportiva del Movimiento (blanco) nos informa con grandes titulares de que Joan Laporta, presidente del FC Barcelona, asistió a una manifestación por la independencia de Cataluña. Además, sostenía una pancarta. Ohhhhhhhhh. Es posible que, en los próximos días, nos enteremos de que Pujol hace el pino mientras bebe zumo de kiwi, o de que Xavi emplea su tiempo libre en tocar el ukelele, o de que Iniesta lee novelas de amor húngaras. Pues vale. Y ahora hablemos de fútbol.
El gran Basora, extremo del Barça en aquel equipo de las «Cinco Copas», dice que Les Corts, el viejo campo azulgrana, era pequeño y familiar. Como Basora jugaba por la banda, que estaba muy cerca de la gente, había espectadores que ya conocía y hablaba con ellos durante el partido. El actual Barça de las «Cinco Copas» (de momento) juega en el enorme Camp Nou, pero los que seguimos al Barça desde nuestro sofá o desde la barra del bar tenemos una familiaridad con nuestros jugadores muy parecida a la de Basora con los aficionados de Les Corts. Un servidor, por ejemplo, habló mucho con Pedro mientras intentaba meter el bisturí en la defensa del Getafe. Seguro que muchos culés aprovecharon los momentos de calma para charlar con Ibrahimovic, y hasta para susurrar a Guardiola el momento preciso en que Messi e Iniesta debían entrar en el campo. Todo funcionó muy bien. A pesar de la pesadísima prensa del Movimiento, las únicas dudas que genera el Barça giran en torno a la forma correcta de escribir el nombre de Chigrinsky.
El Barça es un equipo familiar y poético. Porque no sólo se puede charlar con Messi cuando pasa a nuestro lado, aunque sea en el campo del Getafe, sino que recitar la alineación cada jornada produce la misma satisfacción poética que sentía Robinson Crusoe cuando describía sus provisiones y enseres, especificando número, calidad y estado de conservación. Es lo que Fernando Savater llama, con gran acierto, poesía del inventario. Como Robinson Crusoe, aunque estemos rodeados de gente en el bar o en el sofá, los culés decimos en voz alta cada alineación del Barça y ese inventario de nombres, con sus números en la espalda, posición en el campo y estado de conservación tras dos semanas de viajes por el mundo con sus selecciones, se convierten en poesía. Eso es lo importante, no que Laporta sostenga, ohhhhhhhhhhhhhhhhhh, una pancarta.