Gijón, Mario D. BRAÑA
Como la experiencia es un grado, al Sporting le bastaron dos jornadas para verse en la clasificación con los mismos puntos que el año pasado hizo en seis. Y no sólo es cuestión de la bondad del calendario. Frente al Almería confirmó algunos detalles que había insinuado en el Camp Nou. Una pareja de centrales que da cierta tranquilidad. Un centrocampista, Rivera, que domina el oficio y marca los tiempos. Y un mediapunta, De las Cuevas, que va a hacer más llevaderas las ausencias de Carmelo. Como Preciado se sacó de la manga el conejo de cada temporada, en este caso Lora, el Sporting hizo lo suficiente para ganar a un Almería que se ha debilitado.
Aunque es pronto para elevar las conclusiones a definitivas, este Sporting promete ser mejor que el anterior. Botía es un proyecto de central como una casa. Gregory parece más limitado, pero su experiencia le sirve para cumplir. Con Rivera, el equipo tiene en un solo jugador lo que antes le daban dos: crea juego y lo destruye con una naturalidad asombrosa. De las Cuevas es un complemento ideal para Diego Castro y, en su momento, Carmelo. Y para el lateral derecho, convertido casi en asunto de Estado para el club, surgió ayer una alternativa muy interesante: Lora.
El pequeño centrocampista madrileño asumió el encargo de Preciado con desparpajo. Tanto que a los seis minutos rompió por la banda derecha, le ganó la espalda a Cisma y puso el balón raso al centro del área. De las Cuevas, en el punto de penalti, falló y el balón siguió su camino hacia Diego Castro, que lo hizo todo bien. Amagó y lanzó un disparo al palo largo imposible para Diego Alves. Un gol para la tranquilidad y un espaldarazo para la decisión del entrenador.
La ventaja activó la versión más pinturera del Sporting, con los pequeños jugando y haciendo jugar. Todo iba bien cuando el ataque se iniciaba en Rivera y pasaba por las botas de De las Cuevas, Diego Castro e incluso, a ratos, Maldonado. Sólo faltaba alguien para rematar la faena, pero Barral tenía la tarde de nones. Sus típicos intentos, solo contra el mundo, tuvieron siempre el mismo final: el fracaso, con la consiguiente desesperación de sus compañeros y del público.
La obcecación de Barral dejó la tarea de resolver a los mediapuntas, salvo en una llegada de Rivera, que estuvo a punto de coronarse con un gol de bandera. El centrocampista vio a Diego Alves adelantado y le superó con un balón picado desde el borde del área. Se le fue por poco, pero la gente se lo reconoció igual. Con Rivera en el campo, el Sporting está en buenas manos.
Lo único malo del Sporting en el primer tiempo fue su incapacidad para cerrar el partido. Todo lo demás mereció un notable alto. Firmeza defensiva, con las líneas bien juntas para ahogar la línea de creación almeriense. Y un ataque que mezcló el fútbol de toque con los envíos en largo, aunque la clave estuvo en acarrear el balón hasta la zona de tres cuartos. Allí, que inventaran Diego Castro y compañía. Lo hicieron unas cuantas veces, para jolgorio de la gente, ansiosa por volver a ver a su equipo. Y lo vio con mucho gusto.
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