Mario D. BRAÑA
El Barça aterrizó en Santander, se plantó sobre el césped de El Sardinero y puso en marcha la máquina de jugar al fútbol, esa que se echaba en falta desde los mejores momentos de la pasada temporada. Se adueñó del balón, como casi siempre. Metió al rival en su campo, como es habitual. Empezó a contar oportunidades, en su línea. Y apuntar un gol tras otro, entre el jolgorio de los aficionados al fútbol y el desconsuelo de los racinguistas, que no sabían donde meterse. Cómo sería que a los 26 minutos hasta el presidente Revilla se quedó mudo.
Mensaje recibido. El sábado, pese al 5-2 al Atlético, Guardiola dio un toque a sus jugadores. Había que volver a la esencia del fútbol azulgrana desde que Cruyff reinó en el Camp Nou. Posesión de la pelota, ocupación racional de los espacios y velocidad supersónica en los últimos metros. Nada de partidos descontrolados de ida y vuelta. Para reforzar su discurso, para dejar claro que aquello iba en serio, el técnico escribió en la pizarra la alineación que, hoy por hoy, se puede considerar como titular.
El proceso de maduración del Racing, resignado a su papel de telonero, duró veinte minutos. A partir de ahí, el Barça cambió el ritmo: de la balada pasó al rock duro. Ibrahimovic aprovechó su corpachón para ganar el salto a Henrique y convertirse en el primer debutante azulgrana en marcar en las cuatro primeras jornadas. Un minuto después, el sueco disparó al poste. En el 23, uno de los ronditos acabó con un pase a la red de Messi. Y en el 26, tras atraer hasta a cinco racinguistas, Ibrahimovic dio una asistencia de tacón a Piqué.
Con el partido resuelto, el Barcelona empezó otro partido, mucho más contemplativo. Tanto que en el arranque de la segunda parte concedió el primer disparo del Racing (minuto 50). Pero antes de dar paso al carrusel de cambios, Messi dejó una obra de arte de las suyas, aplaudida hasta por el racinguista más recalcitrante. Con el 0-4, el Racing se soltó por fin y su jugador más destacado, Óscar Serrano, se sumó a la fiesta con un golazo.