Lo bueno del Sporting es que conserva la capacidad de sorpresa que se hizo célebre el año pasado en toda España. De repente, un equipo que parece tocado de muerte reacciona clavándole una estocada al rival que cree tenerlo todo controlado. Basta que entren en contacto los mejores peloteros de la casa, como pueden ser Rivera y Diego Castro. Y que la suerte eche una mano. Porque la buena maniobra, iniciada por el mediocentro con un pase en profundidad a Bilic y el movimiento decidido del gallego precisó, una vez más, de la ayudita del destino. El remate de Diego Castro pegó en el cuerpo de un defensa y dejó con el molde a Carrizo, que no había visto el balón por sus dominios desde el minuto 2.
Una vez más quedó muy claro que el fútbol es un estado de ánimo. De repente, un partido que no tenía más color que el amarillo del Zaragoza, se igualó. El juego se hizo menos académico, se volvió más caótico, y por ahí el Sporting tiene todas las de ganar. Luis Morán, De las Cuevas y Diego Castro se enchufaron, encontrando la complicidad de una defensa que tampoco es la que imagina Marcelino en sus mejores sueños. Pulido no es lateral, Ayala ha dejado atrás sus mejores días, Pavón cumple a duras penas y Paredes parece haber tocado techo.
Por eso, sin necesidad de hacer encaje de bolillos, el Sporting alcanzó el descanso gustándose. Sobre todo en otra aparición de Luis Morán, que metió un balón a la espalda de Pulido para la llegada de De las Cuevas. La jugada fue un resumen de lo que se puede esperar del ex mediapunta del Atlético. Entró como una bala en el área, con el balón cosido al pie, pero cuando tuvo que librar el cuerpo de Carrizo se le apagaron las luces. De las Cuevas no jugó mucho en el Atlético de Madrid, pero es significativo que un futbolista que se mueve tan cerca de la portería contraria no haya marcado ni un mísero gol.
El 1-0 era una bendición para el Sporting y demasiado castigo para el Zaragoza. Una situación que se revertió muy pronto. Tanto como Jorge López dispuso de una nueva oportunidad desde el banderín de córner. El interior puso el balón en el punto de penalti, donde se levantó poderoso Abel Aguilar para meter un poderoso cabezazo que se coló cerca de la escuadra de Juan Pablo. Con retraso, la insistencia maña tenía premio. A partir de ahí empezó un nuevo partido, que pudo decantarse para cualquier lado. Por juego, para el Zaragoza. Por las oleadas de inspiración de sus jugadores más adelantados, para el Sporting. Porque en oportunidades, las cosas sí que estuvieron equilibradas. La suerte gijonesa fue que el punto y final de las del Zaragoza fue Babic, que falló dos clamorosas: una de cabeza, cuando tenía toda la ventaja en la disputa con Lora, con muchos centímetros de diferencia; y otra tras un pase de la muerte de Songo´o, que dejó a Babic con toda la puerta a su disposición. El Sporting, a su manera, también lamentó las oportunidades perdidas. Sobre todo un cabezazo de Gregory, a boca de puerta, que Carrizo salvó sobre la raya. El portero se libró tras una mala salida en un córner porque el remate de Barral encontró alguna espalda visitante. Y, finalmente, el guardameta titular de Argentina se acreditó con una parada en dos tiempos al cañonazo de Diego Camacho. Estaba escrito que aquello era un empate.