Hay que reconocerle al Sporting que fue el dueño y señor de la primera media hora de partido. Es decir, que ganó la batalla física y metió más pelotazos al campo del rival. Porque de eso se trataba. Osasuna no encontraba la forma de hincarle el diente al partido y los rojiblancos parecían cómodos con su nuevo traje de equipo aguerrido. Barral protagonizó las primeras acciones de ataque. Un disparo lejano y una falta que el gaditano estampó contra la barrera y cuyo rechace no acertó a aprovechar su paisano Maldonado fueron las llegadas más peligrosas del Sporting.
Hasta que Osasuna se sacudió la modorra. Aranda, el delantero que nunca descansa, fue el encargado de despertar a sus compañeros. El ariete recibió un balón en la frontal del área, se revolvió a su manera y, no se sabe muy bien cómo, sacó un disparo que se fue alto por poco. Fue el chupinazo que estaba esperando Osasuna. A partir de ahí, el conjunto pamplonica se vino arriba y las ocasiones se fueron sucediendo en la portería de Juan Pablo. Juanfran se sumó a la fiesta, desbordó por la derecha y metió un balón de dulce al que incomprensiblemente no llegó Aranda con todo a favor.
Fue un aviso de lo que estaba por venir. Osasuna embotelló al Sporting, que no salió de su campo. Apenas una contra en la que a Pedro se le hizo de noche y que fue culminada con un disparo desviado de Míchel. En el enésimo balón colgado al área del Sporting, Pandiani emergió para volver a poner el balón en juego. Masoud lo amortiguó y remató a la media vuelta para superar a Juan Pablo. La grada cantaba ya el gol, pero Gerard llegó para despejar la pelota sobre la misma línea.
En el descanso, Preciado buscó la forma de evitar que Osasuna encerrase a su equipo en el área y la encontró adelantando la defensa hasta casi el centro del campo. Merecía la pena el riesgo que se corría con la gran cantidad de campo que quedaba a la espalda de los centrales que, salvó algún fuera de juego al límite, no pasaron grandes apuros. El empate a cero emergía con claridad en la desembocadura del partido.
Hasta que llegó la jugada que lo cambió todo. Sastre metió la pierna para intentar tapar un centro de Masoud y en un gestó mecánico alargó el brazo para buscar el equilibrio. El balón fue directo al brazo y Estrada Fernández, al punto de penalti. El gol de Nekounam se sabía definitivo, aunque Preciado sacó toda la artillería que había reservado para el apretón final.
Diego Castro salió muy motivado y capitalizó todas las aproximaciones rojiblancas. La principal novedad fue que aparecieron los centros laterales, pero tan sólo uno encontró rematador. Bilic ganó por una vez la acción a la defensa, pero su cabezazo picado rozó la base del poste.
Cuando nada sale bien, fallan hasta los mejores. Rivera, que ya había mostrado su lado frívolo con un caño de tacón cuando era el último hombre, cedió sin mirar un balón a Juan Pablo. Entre los dos estaba Juanfran que no se lo creía. El extremó se llevó tal susto que no acertó a marcar el segundo.
El balance es de dos puntos en una semana de tres partidos. Lo peor de la derrota es que siembra de dudas lo que era un proyecto ilusionante. Lo malo no fue perder, fue que no se jugó a nada.