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Blanco radiante

Una Liga sin rostro

 
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EDUARDO GALÁN En «The hold-out» (1962), un mediometraje televisivo, Groucho Marx interpretaba uno de sus escasos papeles dramáticos. Cuenta Stefan Kanfer que cada vez que Groucho aparecía en pantalla el público se descojonaba. Les (nos) resultaba imposible abstraerse del bigote, las cejas arqueadas y esa voz que, en lugar de ametrallar con chistes, se dedicaba ahora a recitar líneas trágicas. Robert Mitchum, el rostro del mal en el cine («La noche del cazador», «El cabo del terror»), nunca será ya un hombre de fiar. Da igual que interprete a un sheriff que defiende a una familia («El dorado») o a un extraño con un pasado oculto («Retorno al pasado»), en Mitchum vive la contradicción de unas facciones nacidas para el mal. «La cara es el reflejo del alma». Y la cabeza, añadiría Gall. Fuera de sus roles, determinados actores son nada (y, según Gassman, de eso se trata). Como el «alien» incubado en John Hurt, persona (con cuerpo, con faz) y personaje (con el destino que una ficción ha preprogramado) se funden de tal manera que desligarlos supondría la muerte de ambos.

Nuestra Liga, de momento, no tiene cara. Ni siquiera se le intuye una (bella, horrenda o estéril), como las que delatan las máscaras de Rorschach en «Watchmen» o de Peter Parker en «Spiderman». ¿Esta temporada poseerá el mentón de Messi o los carrillos de Benzema? ¿Sonreirá con los labios de Casillas o de Ibrahimovic? ¿Mirará con los ojos de Pujol o de Cristiano Ronaldo? Cuando la distancia se reduce al «goal average», a la «photo finish», la cuestión (y los argumentos de los futboleros) se convierten en gestos de gomaespuma. Unos minutos inspirados de Kaká o tres jugadas encadenadas de Ibrahimovic, vamos. A priori, nadie se ríe en los momentos dramáticos de los partidos del Madrid ni asocia a este Barcelona a medio gas con interpretaciones del pasado.

Como me dijo una vecina gorda en el funeral de un pariente, «Eduardo, no somos nadie». Justo, vecina gorda, así se resume el campeonato actual. Ser nadie. Jurar promesas vacías. Ninguno de los dos equipos líderes ha rodado todavía su «Noche del cazador» ni ha protagonizado «Sopa de ganso», aunque nos hayan bombardeado con demasiados tráileres previos. «Yo no podría hacer drama. Estaría perdido; no tengo esa capacidad, no sabría si el material es bueno», le confiesa Larry David a Ricky Gervais. He aquí la cuestión: definirse. Vestir el gesto cómico o dramático y que el campeón se quede con ese rictus cuando en mayo muera la Liga.

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