Quizá el Mallorca se recreó en su superioridad, en la lógica sensación de que con el control era suficiente. Iba casi un cuarto de hora y el Sporting no daba síntomas de reacción. De las Cuevas seguía desaparecido hasta que, de repente, se sacó de la manga un pase perfecto a Luis Morán, que lo aprovechó a conciencia. Su control con el pecho le permitió ganar la posición a su marcador y orientarse hacia la puerta. Lo normal es que, cerca de la línea de fondo, intentase un pase atrás. Pero el luanquín, especialista en goles imposibles, chutó hacia donde nadie podía prever y sorprendió a todo el mundo, empezando por Aouate.
El empate a uno fue como una descarga eléctrica que activó al Sporting y chamuscó el sistema operativo del Mallorca. Pese a contar con un puñado de futbolistas veteranos, acostumbrados a lidiar con todo tipo de situaciones, el equipo de Manzano se volvió tarumba. Aceptó el intercambio de golpes, sin darse cuenta de que ahí, en los partidos abiertos y descontrolados, el Sporting es el rey. Sobre todo cuando entran en escena sus mejores peloteros, desconectados durante mucho tiempo.
Uno de ellos, Diego Castro, iba a ser clave para desequilibrar la balanza. El gallego es uno de esos jugadores que nunca deja de intentarlo, por muy mal que le salgan las cosas y por más murmullos que lleguen de la grada. En el minuto 64 se aprovechó de un balón peleado por Barral para hacerle un caño a Nunes, resistir la tentación de irse al suelo tras su entrada y dar un pase atrás para que De las Cuevas, con toda la portería a su disposición, rompiese su gafe con el gol.
Con el 2-1, el Mallorca perdió totalmente la compostura. Se echó arriba al tuntún y, en un minuto, firmó su sentencia. La aplazó Luis Morán, que echó fuera en un mano a mano con Aouate tras un pase de Bilic. Puso la firma, y de qué manera, De las Cuevas. Recibió en el área un pase de Míchel, se acomodó a la derecha y viendo a Aoaute adelantado dibujó una parábola que no pudo frenar ni Nunes debajo de la portería. Un golazo, tantas veces imaginado por De las Cuevas, y que enloqueció a El Molinón.
Con el partido aparentemente resuelto, el Sporting decidió no parar. Estaba en su salsa y tenía la complicidad de un contrario que bajó la guardia. Antes de consumarse la sustitución largamente anunciada, De las Cuevas rozó el «hat trick» aprovechando un balón rebañado por Bilic en el área. El honor del cuarto sería para el croata, tras una nueva conexión eléctrica entre Diego Castro y Luis Morán. Fue uno de los goles más fáciles de su carrera, pero el justo premio para un futbolista que asume siempre su papel y ayuda al equipo en el tiempo que le dejan.
Los últimos minutos fueron los más relajados y festivos en mucho tiempo en El Molinón. El Sporting se destensó tanto que ni siquiera se obsesionó con el «jorobu». Pudo conseguirlo, pero más por la actitud del Mallorca, que se entregó totalmente, que por la ambición rojiblanca. El 4-1 era más que suficiente para una afición que se temió lo peor durante una hora y tocó el cielo al final. Pasó de ver al Sporting desesperante de tantas veces al que encandila a propios y extraños. Para la buena marcha del negocio sería conveniente que el segundo se prodigase más.