Gijón, Ángel CABRANES
Poco faltó para vivir el ambiente del tradicional derbi asturiano entre Sporting y Oviedo. 10.850 personas acudieron a El Molinón para visionar el choque entre el filial rojiblanco y el conjunto de la capital del Principado. El alto precio de las entradas mermó la presencia de aficionados del conjunto azul (se dieron cita un millar), lo que propició un total control de los efectivos policiales entre aficiones. La cita transcurrió sin incidentes y el fútbol fue el único protagonista de la tarde.
Las grandes colas en la taquilla sportinguista, que llegaron a alcanzar la longitud del fondo sur de El Molinón, auguraban un partido cargado de ambiente. Los hinchas más radicales del Oviedo fueron de los primeros en ocupar sus localidades. Escoltados por la Policía Nacional desde la estación de tren de Gijón, se ubicaron en la esquina entre la grada este y el fondo norte.
«Parece que les va la vida en el fútbol», comentaba una veterana caminante a su paso por la ribera del Piles, mientras las aficiones se picaban desde la distancia. Unos cánticos acallados cuando el Sporting B saltó a calentar. La ovación fue atronadora. Poco más tarde lo haría en solitario el portero visitante, Aulestia, sobre el que se descargó las iras locales. Fue el anticipo de lo que se repetiría durante el partido. Sólo la ausencia de personal de la Cruz Roja incitó alguna preocupación entre el numeroso público congregado.
«Nunca vi tanta gente en un partido del filial», afirmaba un socio rojiblanco a la vez que agitaba su bufanda cuando comenzó a sonar el himno del Sporting. El pitido inicial hizo hervir El Molinón. «¿Quién es ese chaval rapado que juega por la izquierda?», preguntaba algo despistado Miguel Fernández a su compañero en la Tribunona. «Guille», le contestaban desde la grada. El rojiblanco, uno de los más destacados durante el partido, pronto se ganó el aplauso del público con sus internadas. Unas palmas que concluían cuando Aulestia tocaba el esférico. La afición rojiblanca no olvidó sus comentarios desde el balcón del Ayuntamiento de Oviedo.
Las canciones entre las dos aficiones durante el encuentro, a modo de ida y vuelta, entre el fondo norte y el fondo sur daban calor al partido. Los ingredientes eran de puro derbi. Fue en el minuto 58 cuando los locales dieron rienda suelta a su alegría. El tanto de Carlos ponía por delante al Sporting B para regocijo de los suyos. «Humillación, en El Molinón», cantaban los seguidores rojiblancos. El dominio local dio paso a los «olés» desde la grada y la fuerza inicial de la afición carbayona se diluía a la vez que el juego de su equipo.
«¡Vaya como juegan al fútbol estos guajes!», comentaba Ricardo Lobato sin perder de vista el balón. Fue entonces cuando, desde el campo, llegó el primer ejemplo de deportividad. El oviedista Gonzalo asistía a un dolorido Carlos estirándole la pierna. Un gesto reconocido con aplausos. El pitido final hizo rugir al público, mientras Curro daba otro ejemplo más de nobleza al felicitar a sus rivales. El pequeño derbi fue grande en fútbol.