En el partido entre las selecciones de México y El Salvador en el que los mexicanos aseguraron su clasificación para el Mundial de Sudáfrica (su quinto Mundial consecutivo) se vieron muchos goles, brilló el veterano goleador Cuauhtémoc Blanco, pudimos saborear el ambiente del estadio Azteca mientras tarareábamos la maravillosa canción de Andrés Calamaro («Cuando era niño, y conocí el estadio Azteca, me quedé duro, me aplastó ver al gigante; de grande me volvió a pasar lo mismo, pero ya estaba duro mucho antes...) y, sobre todo, asistimos en directo al ataque de un enjambre de abejas empeñadas en hacer la vida imposible al portero salvadoreño. El incidente, que terminó con un contraataque de los responsables del mantenimiento del estadio armados con extintores, duró no más de diez minutos, pero planteó interesantes problemas filosóficos.
Mientras las abejas eran fumigadas, uno de los comentaristas se atrevió a exclamar: «¡Pobres abejas!». El otro comentarista, sin embargo, corrigió a su colega con una frase tan contundente como, probablemente, histórica: «¡Está el Mundial en juego! No me venga ahora de protector de las abejas». Bien, he aquí el problema: ¿un Mundial vale el precio de un enjambre de abejas? ¿Un gol es más precioso que la vida de una abeja? ¿Debería haberse suspendido el partido hasta que una comisión de expertos en ética decidiera sobre la cuestión? ¿Tendría el árbitro que haber detenido el partido hasta que las vacas sagradas decidieran dejar libre el camino, es decir, hasta que las abejas volaran fuera de los límites del estadio Azteca? ¿El comentarista que se compadecía de las abejas habría sentido lo mismo ante un ataque de hormigas o, peor aún, de cucarachas? ¿Las abejas son más respetables que las cucarachas? ¿A alguien le importaría que mil cucarachas fueran fumigadas ante los ojos del planeta fútbol? ¿Y qué habría ocurrido si la portería salvadoreña hubiera sido tomada no por un enjambre de abejas, sino por un enjambre de, por ejemplo, zapatistas del EZLN dirigidos por el subcomandante Marcos? ¿Qué pasaría si, en vez de amenazar a los jugadores con sus picotazos, los zapatistas amenazaran al gobierno mexicano con tomarse la dignidad del pueblo de Chiapas por la fuerza de la palabra?
Me da la impresión de que la diferencia que hay entre las abejas y los zapatistas es la diferencia que existe entre los extintores y las porras. Ya sé que un enjambre de abejas no se puede combatir con un montón de policías armados con porras, mientras que un enjambre de zapatistas hasta el culo de soportar injusticias sí puede tratarse con una buena ducha a golpe de extintores. Pero lo importante es que a abejas molestas como los zapatistas de «Tierra y Libertad» no conviene fumigarlas con un extintor, por si acaso hay alguien que dice: «¡Pobres zapatistas!», sino que es necesario utilizar las porras para que el desalojo sea rápido y ejemplar. ¿El comentarista sin empatía hacia las hermanas abejas habría puesto el Mundial por encima de los hermanos zapatistas? ¿Y si el defensor de las abejas protestara y criticara la violencia contra los zapatistas le diría: «¡Está el Mundial en juego! No me venga ahora de protector de los zapatistas»?
Menos mal que el estadio Azteca fue tomado por las abejas y no por el EZLN. De no haber sido así, lo más probable es que ahorita nomás estaríamos hablando de la inoportunidad de un grupo de radicales incontrolados que no entienden que un Mundial de fútbol está por encima del hambre y de la injusticia. Y es que podemos perdonar a las abejas, que no tienen entendimiento y no saben nada de fútbol ni de lo importante que es clasificarse para un Mundial. Pero que unos tipos que decidieron taparse el rostro para que los vieran y negarse el nombre para que los nombraran tomen al asalto una portería del estadio Azteca y retrasen diez minutos el pasaporte para Sudáfrica de la selección mexicana, eso no tiene perdón de Dios.