RAFA QUIRÓS
Aun a riesgo de que en cualquier recodo de la Liga reaparezca el Sporting todavía cercano de Pamplona, con sus propiedades somníferas, la temporada parece abierta al disfrute de grandes acontecimientos. Me acordé anteayer de Ablanedo -de aquella rara habilidad que el Gatu tenía para galvanizar al graderío en El Molinón cuando el enemigo apretaba las tuercas-, al ver a Juan Pablo ejerciendo de parapeto ante Granero, o sacando el guante en aquel recado de Kaká desde la frontal, que parecía predestinado a agotar los quemadores de incienso en los santuarios de la nunca bien ponderada crítica madridista.
Con doce puntos en el morral, cuando ya han chocado armas los de Preciado con los dos portaaviones atómicos de la flota enemiga y algún que otro acorazado de bolsillo, ya no me acuerdo de aquella siesta con ronquidos de la otra tarde ante el Osasuna (si acaso, de los tres euros que tiré en la taquilla de televisión). Los desajustes de plantilla en la pretemporada, el anunciado final de ciclo del entrenador y aquel larguísimo serial por capítulos sobre la imperiosa necesidad de fichar un lateral derecho me suenan como del siglo pasado. Aquí es donde cabría abrir el chorro de parabienes por lo de Lora, pero me confieso sin tiempo de reparar en tan feliz hallazgo, pues estoy muy ocupado refocilándome con Rivera.
No sé como diantre acabará esta Liga de la confirmación en Primera; esta segunda temporada que, advierten los gurús, es la peliaguda. No tengo ni un hueco para levantar la vista hasta el horizonte de mayo, por si acecha otro de esos finales de temporada neuróticos que nos procura la magia incomparable del "preciadismo". Estoy muy ocupado disfrutando de un medio centro de los de toda la vida. Esa especie rara, en evidente peligro de extinción, que a la orilla del Piles teníamos vedada desde que a Benito Floro le encargaron cepillarse a Hugo Pérez con premeditación y alevosía.
De este Sporting reforzado me sorprende gratamente Lora, me encandila De las Cuevas, me tranquiliza Juan Pablo, me convence Gregory y me deslumbra Botía. Pero es que no tengo ojos (ni tiempo para frotármelos) más que para Rivera, quien -loado sea el fútbol- entrado ya en la treintena ha llegado a Gijón a tiempo de sostener conmigo la última pancarta de protesta contra el poderoso imperio del doble pivote defensivo.
Mientras al chico le dure la gasolina que lleve en el depósito, no dejen de observarlo (y bendecir a Lopera por sus favores), al tiempo que maldicen esa corriente de creatividad renacentista que en las escuelas de entrenadores y sus más influyentes oráculos ha alumbrado la idea de colocar en el centro del campo, donde más puedan estorbar, dos armarios roperos sin reparo alguno en tragar millas y pegarle al balón con la uña. Eso que algunos llaman el "trivote" lo debieron de tomar de Groucho Marx y su pedido a la puerta del camarote. En lugar de dos, que sean tres.
El doble pivote acecha hasta en los ambientes más exclusivos. Desde que empezó esta Liga de galaxias renovadas no dejo de ver a Xabi Alonso sorteando al armario de tres cuerpos con el que Pellegrini se empeña en darle escolta, ahí donde el Madrid debería empezar a jugar al fútbol.