TONI CABOT
A la mañana siguiente de la debacle del 4-0 frente a un equipo cuyo presupuesto íntegro es inferior al de cualquiera de sus suplentes, Florentino Pérez transmitía naturalidad y sensación de alejamiento de esa tensión que se pudiera esperar del máximo representante de una sociedad que había amanecido fusilada con adjetivos cercanos a la deshonra. Era el personaje del día, el hombre más buscado, más esperado, más deseado para escuchar de su boca una explicación que justificara lo irracional o, quizá, una sentencia. Pero no. El presidente del Real Madrid mantuvo su agenda pese a la debacle. A la hora convenida acudió a la cita concertada con antelación a «lo de Alcorcón» con el diario alicantino «Información», del mismo grupo editorial de LA NUEVA ESPAÑA, primero para una comida en el periódico y más tarde para pronunciar una conferencia en un foro de debate sobre el modelo de gestión en el club blanco. En todo momento transmitió eso: impasibilidad.
¿Prudencia revestida de serenidad? ¿Serenidad acompañada de prudencia? Casi tres horas después de ameno diálogo en una prolongada sobremesa no dejaron entrever que había cálculo premeditado o pose, sino naturalidad y aplomo en un empresario que sabe perfectamente dónde está sentado, qué le rodea. Y, por lo tanto, que asume que veinticinco futbolistas que visten de blanco le van a reportar siempre más quebraderos de cabeza que los 142.000 trabajadores que dependen de su gestión en ACS, la segunda constructora más importante del mundo.
Esa debe ser la bendición -o maldición, según se mire- de sentarse en la poltrona del Real Madrid, un cargo que muchos elegirían por delante de la presidencia de un Consejo de Ministros y que algunos, incluso, han soñado con alcanzar luego. Y por ello su móvil suena para atender a uno de los líderes sindicales del país, que ha quedado descolocado por «lo de Alcorcón» hasta el punto de verse en la obligación de sugerirle, sin más dilación, que «aquí lo que hace falta es "desraulizar" al equipo». Un sindicalista, con mucho mando en plaza y bien conectado con la Moncloa, metido a entrenador.
Pero esto es lo que hay. Cada partido es un debate, cada resultado una cuestión de estado, cada gesto encuentra un análisis. Todo queda dentro de la grandeza de una entidad que debe ser manejada, así lo entiende Pérez, como una marca puntera a nivel mundial para obtener los beneficios que aseguren su pervivencia y la alejen de caer en manos privadas. Por ahí maneja su posición de fuerza que, por otro lado, ve en la necesidad de usar en silencio, internamente, para evitar acusaciones de arrogancia e imperialismo, lo que le conduce a ir navegando entre la esquizofrenia. Pero es lo que aportan los datos concretos. Sin ir más lejos, altos directivos de Sogecable le aclaraban no hace mucho que el año pasado, en la temporada del triplete del F.C. Barcelona, el 60 por ciento de los pinchazos de taquilla para ver fútbol por PPV había elegido al Real Madrid. El mejor Barça de la historia tuvo que conformarse con el 30 por ciento. Florentino por ahí entra a saco. No le hace falta esconder que no tiene intención alguna de aceptar un reparto equitativo del pastel cuando el operador de turno se siente en su despacho, por donde tiene que pasar, sí o sí, independientemente de que haya un contrato firmado y resten años para verlo caducado. Secretos escondidos de la libre competencia. Si el Real Madrid aporta más pinchazos, el Real Madrid se lleva más pastel.
Donde la cosa cambia es en el terreno deportivo, en el que se ve obligado a no opinar u opinar poco por la trascendencia de sus palabras sobre un tema del que todo el mundo entiende o asegura entender. Por ahí le llega la contradicción, el golpe frontal al empresario que busca, encuentra e invierte recursos por valor de 300 millones de euros, los deposita en las manos de un entrenador y, acto seguido, se ve en la obligación de no decir ni mu. Aunque no entienda que Pellegrini deje a Cristiano Ronaldo, con sus 94 millones de euros a cuestas, sentado en el banquillo al segundo partido de Liga por mucho que le expliquen que con esa maniobra el portugués estará «que se sale» en febrero. Cualquier puntualización o réplica a modo de «febrero ya llegará, ahora es ahora» sabe que saldrá a relucir cuando Pellegrini abandone la entidad, algo que al final pasa, porque todos acaban yéndose. Ya lo dijo Capello y a él se le quedó grabado: «No hay entrenador que se salve del Madrid».
Por ahí le toca callar, pero eso no significa que vaya a quedar impasible. Sabe que ese empleado, Pellegrini, que cobra mucho menos que cualquiera de los chavales que hace saltar al campo, o el entrenador de turno que aparezca por la entidad, que maneja diariamente los 300 millones de euros que corren en pantalón corto por Valdebebas, puede quedar influenciado por un roce, una discusión o un motivo personal que le lleve a sortear la lógica adoptando decisiones que pudieran perjudicar a la sociedad.
Ese fue, precisamente, el motivo de fondo que le impulsó a regresar en mayo, tres años después de despedirse de la casa blanca con ánimo de no volver jamás. Tragó en silencio la etapa de Calderón, pero allá donde iba debía que escuchar a modo de condena: «Lo que está pasando es por tu culpa». Y regresó empeñado en demostrar que su sistema funciona.
Decíamos, pues, que era el día después a «lo de Alcorcón», una amenazante jornada con millones de personas esperando una explicación al sobrenatural suceso acontecido en esa ciudad dormitorio de Madrid cuyo equipo bailó literalmente al tachado de club más laureado del mundo y que alteró a todo bicho viviente. A todos menos a Florentino Pérez. O es muy buen actor.