JUAN J. ALONSO
Se acuerdan del «¡A jugaaaaaaaaar!», el grito de guerra que salía de la garganta y del alma de Joaquín Prat en el concurso «El precio justo»? Pues los rivales del Barça han tomado nota del famoso grito y muestran el mismo entusiasmo que Joaquín Prat en aquel concurso inspirado en el capitalismo recreativo, pero con una pequeña variación. Nadie quiere jugar al fútbol con el Barça. Osasuna, como el Almería, el Zaragoza, el Atlético de Madrid y, probablemente, Los Otros, salen al terreno de juego gritando: «¡A no jugaaaaaaaaar!». ¿Jugar al fútbol? Chorradas. Jugando al fútbol el Barça gana siempre. La única posibilidad de rascar algún puntito contra el escaparate del Barça es no jugar, rezar para que Messi y compañía no tengan su día y confiar en un gol en propia puerta de Piqué en el último segundo del partido.
No jugar, rezar y confiar es el plan perfecto anti-Barça. Si sale mal, todo el mundo hablará de orden, disciplina, concentración y derrota honrosa. Si sale bien, como en el caso de Osasuna, un punto más en el saco y la sensación de haber jugado un partido de fútbol. Es cierto que, después de haberlo ganado todo, la misión del Barça esta temporada es la misma que la de la astronave «Enterprise» de «Star Trek: la frontera final», descubrir nuevas vidas y nuevas civilizaciones en el fútbol, atreverse a llegar donde nadie había llegado antes. Una gran misión. Pero la altura de miras de la «Enterprise» barcelonista choca jornada tras jornada con un Joaquín Prat negacionista que no quiere jugar al fútbol y al que le importa un bledo el escaparate. No jugar, rezar, confiar. Orden táctico. Disciplina espartana para sujetar al capitán Kirk. Concentración absoluta para destruir las orejas puntiagudas de mister Spock. No se trata de jugar al fútbol. Se trata de no jugar.
Osasuna es un equipo simpático, y el empate en el último segundo con el Barça tiene su mérito. Pero estamos hablando de otra cosa. El Almería perdió 1-0 en el Camp Nou y al día siguiente todo eran elogios... ¡para el Almería! Si Piqué no hubiera metido la pelota en la portería de Valdés, ahora se insistiría en el indudable mérito de Osasuna, en el orden, concentración y disciplina del equipo de Camacho. Nadie hablaría de Keita ni del escaparate del Barça. Suena el himno, los equipos salen al terreno de juego y ya se escucha el grito de guerra: «¡A no jugaaaaaaaaar!». No jugar, rezar y confiar. No tenemos nada que perder, todo el mundo hablará de nosotros cuando hayamos muerto con disciplina y, si hay suerte, hasta podemos empatar en el último segundo. Es un precio justo por no jugar al fútbol.