VÍCTOR RIVERA
Hizo falta todo el aliento de las más de siete mil gargantas sportinguistas que ayer se resquebrajaron en la grada de Riazor para despertar al Sporting. Tras un primer tiempo deslavazado y como atontado, los rojiblancos firmaron una segunda parte primorosa en la que pudieron rebañarle los tres puntos al Deportivo de La Coruña. Bien es cierto que también pudieron volver sin nada, de no ser por el imán que anoche ejercieron los palos sobre los remates de Riki. El balance es bueno y el Sporting regresa de La Coruña con otro punto en el zurrón y una sonrisa dibujada en la cara. El empate ante un estimable Deportivo deja el regusto dulce de las victorias merecidas y confirma la transformación de un equipo que ha ganado empaque sin perder la frescura.
Y eso que los primeros síntomas no fueron buenos. El ambiente que se vivía en la grada, teñida de rojiblanco desde muchísimo antes de que los jugadores saltasen a calentar, pesó en cierta medida sobre los futbolistas del Sporting. Los hombres de Preciado quisieron regalarle una victoria a esta afición que sigue asombrando a España y cayeron en la precipitación. En un primer tiempo trepidante, al Sporting se le escurría el partido entre los dedos.
Fue necesaria la pausa del entreacto para tomarse un momento de reflexión. A partir de ahí, el Sporting sí se pareció a sí mismo. Siguió corriendo mucho, pero ahora con criterio. Y desbordó por todos lados a un rival al que había madurado durante el primer acto. El Deportivo aceptó el pulso trepidante que le propuso el Sporting, pero acabó desfondado por la falta de costumbre. Así llegó el empate y pudo venir algún gol más. Quizá tampoco hubiese sido justo en el cómputo global del encuentro. El empate deja más felices a los rojiblancos que a un Deportivo al que se le atraganta el Sporting, pero la historia pudo ser bien distinta si los gallegos hubiesen afinado su puntería.
A pesar del enorme calor que desprendía una grada poblada en gran parte por camisetas rojiblancas, el Sporting dio desde muy pronto síntomas preocupantes en el primer período. Algo flotaba en el ambiente, que no transmitía buenas sensaciones para la Mareona, que siguió animando incluso en los peores momentos. Y eso que el partido arrancó con un ritmo alocado, muy del agrado de Preciado y sus futbolistas. El Deportivo dejó que el Sporting escogiese las armas, pero le ganó el duelo. Los de Lotina corrieron más y mejor, dieron mucha más sensación de peligro y apenas si sufrieron un par de arañazos en defensa. Y, encima, se reservaron su mejor arma hasta que encontraron la ocasión propicia. Tras fallar un par de contragolpes tan eléctricos como mal rematados, estaba claro que el gol coruñés llegaría a balón parado o no llegaría. Pero la ocasión llegó, un poquito antes del descanso.
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