Oviedo, Álvaro FAES
Pocas veces ha tenido el Madrid tan a mano dar el golpe en San Siro, pero el equipo de Pellegrini se sigue comportando como un grupo de futbolistas incapaz de mantenerse constante durante noventa minutos. Siempre había salido con derrota del coliseo del Milán y alcanzado el empate pareció que a Pellegrini le dio vértigo la idea de irse a por el partido. Después del mejor primer tiempo blanco de la temporada, el equipo de Leonardo anestesió la cita y el timorato entrenador chileno, preocupado por aplacar la ira de los que le ponen fuera del Bernabeu, dejó el equipo tal cual había empezado. Hizo dos cambios cosméticos, jugador por jugador, solamente un poco de oxígeno arriba, y obvió que el centro del campo estaba desaparecido. El peor síntoma es que ante un Milán en decadencia tuvo que ser otro futbolista de vuelta, Raúl, el que muy al final probase los reflejos de Dida en el único amago de golpeo blanco en toda la segunda parte.
El Madrid salió con un ritmo nunca visto este ejercicio. Creyó que al Milán se le debía ganar por intensidad y no era tan mala idea. Kaká era el protagonista de la velada, ídolo en San Siro, pero todavía un proyecto de estrella en el Bernabeu. Le tiró a Dida cuatro veces y de uno de los disparos salió el gol de Benzema. El francés aplicó fiel las enseñanzas de Raúl y cazó el rechace de un portero que no agarró una en toda la noche. Por una vez había hasta cierto equilibrio en las filas blancas. Marcelo usaba la banda izquierda, no demasiado, porque el entrenador tiene alergia al juego por los costados, y Kaka tenía por fin futbolistas por delante, la situación que al brasileño le genera más confianza.
Luego el brasileño se desmelenó y convirtió sus ganas en un desbarajuste, convertido en un futbolista con menos rigor táctico que un alevín. Se colocaba de delantero centro, de interior, aparecía por la derecha y por la izquierda, creando en sus compañeros un despiste colosal. En el fondo, el dibujo de Pellegrini era asimétrico. Dejaba otra vez la derecha desguarnecida y además en manos de un Ramos que no se distingue por preocuparse demasido de lo que pasa a sus espaldas. Pero ayer, aunque subió bastante en esa media hora casi mágica del Madrid, estuvo más precavido que otras veces. Le ayudó casi siempre Lass en las coberturas y hasta Higuaín se sacrificó a la hora de tapar, pero luego el Pipita no tenía aire para cabalgar hacia arriba.
El Madrid tiró seis veces hasta que acertó y el Milán metió el miedo en el cuerpo a la primera, momento para el lucimiento de Casillas. La culpa fue de Pato, que rompió a Albiol dentro del área y disparó con muy mala idea. El brasileño fue la antítesis de los otros diez con camiseta rossonera. La gerontocracia milanista confía en el chaval y le lanza pelotas para que se busque la vida. Ronaldinho se comportó como un pensionista del fútbol y Seedorf, agotada la batería de su potencia, se quedó en nada.
El Milán caminaba sin rumbo a la espera de un descabello tempranero pero el Madrid no supo entrar a matar en condiciones. Entonces apareció el árbitro alemán para señalar un penalti por una mano de Pepe muy dudosa. Gol de Ronaldinho. Tan mala conciencia le quedó que al minuto siguiente anuló un gol a Pato por una infracción que nadie adivinó a ver. ¿Mano del brasileño? ¿Falta a Arbeloa? Ahí se terminó el Madrid y también el partido. Pellegrini no quiso ver en la segunda parte que su centro del campo no existía. Xabi Alonso no acaba de encontrar su sitio y a veces hasta se estorba con Lass. El equipo se hizo largo, muchos metros desde la defensa hasta los delanteros, mejor regalo imposible para un Milán que juega de paseo y mirando siempre al infeliz Pato como su islote de esperanza.
Aparecieron Inzaghi y Raúl en el ocaso de un segundo tiempo que dormiría al más insomne. Los dos tuvieron sus oportunidades para coronarse. Raúl encontró la manopla de Dida en la última ocasión de la noche. Habría sido demasiado premio para un Madrid que en el segundo tiempo dejó mucho que desear. Pepe cantó al final, le dejó un regalo inesperado a Inzahi, tanto, que ni siquiera contaba con un balón tan franco dentro del área. Ni siquiera remató. Luego tuvo otra, sin ángulo, para una victoria que el Milán, desde luego, tampoco mereció.