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Fútbol es fútbol

Arqueólogos en busca del fuego

 
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ANTONIO RICO Dice Agatha Christie en sus memorias «Ven y dime cómo vives» que gracias a Max Mallowan, su marido, entendió por qué los arqueólogos tienen la costumbre de caminar con los ojos bajos. Mallowan era un prestigioso arqueólogo británico, y la gran novelista le acompañó en muchas excavaciones en Siria e Irak. Acostumbrado a mirar al suelo en busca de trozos de cerámica y demás preciosos restos del pasado, es fácil que un arqueólogo se olvide de mirar a su alrededor o hacia el horizonte. Por eso los arqueólogos andan con la vista fija en sus pies, como si éste fuera el único punto de interés. Si Agatha Christie se hubiera casado con un futbolista, habría escrito algo parecido en sus memorias.

Un futbolista no busca trozos de cerámica, sino el control del balón. El balón está en el pasto, así que los futbolistas suelen correr con los ojos bajos. Es cierto que algunos, pocos, son capaces de controlar el balón y pasárselo a un amigo mientras otean el horizonte, pero jugadores como Laudrup, Ronaldinho, Zidane o Iniesta hay muy pocos. La mayoría son arqueólogos, y pierden de vista el horizonte. Con los equipos de fútbol pasa algo parecido. La mayoría camina con los ojos bajos en busca de una jugada que les solucione un partido, y sólo piensan en cómo acabar un contraataque o cómo defender a ese delantero tan alto. Pocos miran a su alrededor, y poquísimos hacia el horizonte. Es lógico. En fútbol, los títulos del pasado (incluidos los de la temporada pasada) son trozos de cerámica que pueden exponerse en un museo, pero no sirven para sostener el tinglado del presente. ¿Qué les importa a los aficionados del Atlético de Madrid los trozos de cerámica de la temporada 1995-96, cuando la bota de seda de Pantic abría los partidos en canal? Este fin de semana, el Atlético juega (y se la juega) con el Real Madrid, y los aficionados del Atleti caminan con los ojos bajos en busca de una resurrección del Kun Agüero o un zapatazo de Forlán que les permita ir a trabajar el lunes con algo más que media sonrisa en la boca. Hace tiempo que el Atlético camina en busca del fuego, sencillamente porque no sabe producirlo.

En la película «En busca del fuego», la tribu de los Ulam conoce el fuego, pero no sabe cómo hacer fuego. Así, nuestros antepasados cavernícolas dependían de que un rayo o un volcán en erupción les permitieran «recoger» el fuego, que luego conservaban cuidadosamente. Cuando un accidente, después de que los Ulam fueran atacados por otra tribu, les deja sin fuego, tres miembros de los Ulam emprenden un largo y peligroso viaje en busca del fuego hasta que se encuentran con los Ivakas, una tribu mucho más avanzada que no sólo tiene fuego sino que sabe cómo producirlo. Para los tres Ulam, el dominio del fuego es el no va más, el acabose, el enciende y vámonos, el alucine absoluto. Pero sí que hay algo más. Los Ivakas saben reír. Y disfrutan del sexo con una técnica que nada tiene que envidiar a la técnica para producir fuego. Los Ulam regresan con los demás miembros de su tribu con la mochila (es un decir) llena de regalos maravillosos: el fuego, la risa y el sexo. ¡Ah, sí! Hablábamos de fútbol. Perdón. Lo que quiero decir es que el Atlético es como la tribu de los Ulam: sabe conservar el fuego, pero no sabe producirlo; por eso depende de que una chispa en forma de jugadón del Kun o remate imposible de Forlán encienda su fuego (su juego). Sin un rayo que oportunamente ponga en movimiento al Kun, o un volcán que incendie la capacidad rematadora de Forlán, el Atlético de Madrid es como un cavernícola sin fuego.

Y, sin fuego, se pasa mucho frío en el Calderón, es imposible defenderse de las fieras madridistas y no se puede asar la carne de los puntos. El Atlético debe enviar a alguien en busca del fuego y, ya puestos, en busca también de la risa y del sexo. Este equipo muerto de frío, indefenso ante las fieras y hambriento de carne, no sabe reír y no disfruta con el sexo, porque cree que el sexo sólo sirve para producir un equipo nuevo cada temporada que ilusione a la afición. Sin dominar la técnica para producir el fuego, sin la risa, y sin el sexo por el sexo, es imposible hacer buen fútbol y salir de las posiciones de descenso. Hay que ir en busca del fuego, es decir, en busca del Barça: la tribu de los Ivakas del fútbol español.

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