Gijón, Mario D. BRAÑA
Ahora resulta que el Sporting es el colmo de la eficacia. Un gol en el primer tiro a puerta y después a los cuarteles de invierno, nunca mejor dicho. Así es este equipo de Preciado, en las antípodas de aquel atrevido, inconsciente a veces, de la pasada temporada. Su gente lo celebra porque la cosa funciona y los puntos caen, jornada tras jornada, como fruta madura. Seguro que les gustaría disfrutar de esa versión más festiva, pero pocos se quejarán mientras los números cuadren. Y, de momento, son impecables. Ahí está el Sporting, asomado a la zona noble de la tabla, y dando imagen de bloque sólido, duro de pelar. El Espanyol contribuyó en el primer tiempo con una ceguera tremenda en el área. Desperdició sus oportunidades y, tras el descanso, Juan Pablo apenas se llevó más sustos.
El Sporting puso a buen recaudo los tres puntos a la antigua usanza. Con una salida desbocada, la internada de Canella hasta la línea de fondo, el córner y el gol. En vez de rifar el balón por alto, De las Cuevas encontró a Diego Castro solo, en una esquina del área. El gallego tuvo tiempo de armar el remate, que buscaba portería, pero en el trayecto se cruzó la bota de Bilic, que sólo tardó tres minutos en aprovechar la oportunidad. Olfato goleador se llama eso, más necesario cuando la titularidad se le ha puesto tan cara.
El 1-0 abría un mundo de oportunidades para el Sporting, que se relamía pensando en los espacios que, en buena lógica, le iba a dejar el Espanyol. En realidad, no le dejó nada de nada. El equipo blanquiazul se adueñó del balón, marcó el ritmo del partido y puso precio a la cabeza de Juan Pablo. Si el portero sportinguista salió bien librado tuvo tanto que ver con su templanza como con la falta de instinto asesino del Espanyol. En tardes como ayer se hace más grande el hueco dejado por el gran Tamudo.
Callejón, desde luego, no parece llamado a suceder al mito espanyolista. Suyos fueron los fallos más clamorosos, especialmente el del minuto 21, cuando resolvió fatal un mano a mano con Juan Pablo fuera del área. El portero fue más listo y, en la encrucijada, se quedó quieto mientras Callejón se obsesionaba con un contacto que hubiese sido fatal para Juan Pablo. Amagó con tirarse a la piscina, pero se arrepintió en el últmo momento y, con las dudas, se le marchó el balón. Juan Pablo le ganó claramente el duelo a Callejón. Ante Luis García e Iván Alonso tuvo suerte, ya que un remate del asturiano se fue al larguero y otro del uruguayo se perdió por poco junto al poste.
Mientras el Espanyol amagaba y no daba, el Sporting era incapaz de aprovechar el prado que se abría a la espalda de los defensas visitantes. Sólo una vez De las Cuevas logró poner a Bilic en situación de remate, pero el trallazo del croata desde el borde del área salió muy centrado, fácil para el rechace de Kameni. El Sporting sufría porque tenía totalmente perdido el centro del campo. Rivera no daba abasto para achicar agua y ni siquiera en esto pudo contar con Matabuena.
El primer tiempo de ayer puso a las claras la importancia de Míchel ahora mismo para el Sporting. Nadie fue capaz de templar, de aguantar un poco el balón, de marcar los tiempos como exigía el marcador. Mientras el Espanyol combinaba siempre, con triangulaciones y pases para la carrera de sus hombres de banda, el Sporting trataba al balón como un bulto sospechoso. Este escenario hubiese sido fatal hace unos meses, pero ahora no tiene mayores consecuencias. Porque, deméritos del rival al margen, defensivamente el equipo responde.