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El hombre que nunca pierde

Cruyff recupera notoriedad y regresa a la escena pública de la mano de la selección catalana

 
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MARC AMPOSTA Johan Cruyff vuelve a apostar a caballo ganador, como a él le gusta. En su nueva etapa al frente de la selección catalana tiene mucho que ganar y nada que perder. El equipo, de antemano, gana notoriedad y expectación. ¿Qué saca Cruyff a cambio? Recupera notoriedad y vuelve a la escena pública, al primer plano, para entrenar dos días al año, sin dejar de hacer lo que ha hecho los últimos 13 años: jugar al golf, controlar sus negocios y su fundación, y mover hilos en la sombra.

«Ver, analizar y tomar decisiones. Siempre me ha gustado. Pero ahora, en contra de lo que muchos puedan pensar, las decisiones las toman otros. No yo. Yo no decido, son otros. Insisto». Lo escribía Cruyff en mayo de 2008, cuando el Barcelona debía perfilar el relevo de Frank Rijkaard en el banquillo.

De una manera o de otra, Cruyff ha participado en el día a día del Barça los últimos 20 años, ya sea como entrenador, rodeado de luces y taquígrafos, como aficionado o como asesor invisible. El 4 de mayo de 1988 el holandés llegaba a un club sumido en una grave crisis deportiva. Como ya hizo siendo jugador, Cruyff reflotó el equipo siendo el amo y señor de la parcela deportiva. El presidente José Luis Núñez le dio plenos poderes y le defendió a capa y espada, a pesar de que en los dos primeros años sólo ganó una Recopa de Europa y una Copa del Rey.

Muchos pidieron su cabeza, pero Núñez sabía que Cruyff era el mejor paraguas que podía tener. Al holandés ya le gustaba ser el centro de atención. Y la paciencia obtuvo sus resultados. Cruyff construyó un equipo ganador e implantó una filosofía de juego que ha llegado hasta nuestros días. Su estilo quedó ligado al Barça para siempre. Su figura creció al mismo ritmo que su ego, y al final acabó chocando con el presidente: nuñismo contra cruyffismo.

El enfrentamiento desembocó en la destitución del técnico a dos jornadas para el final de la temporada 1995-96. Fue el ocaso de una era repleta de éxitos y el inicio de una nueva vida para Cruyff: nunca más volvería a entrenar un club. Dejaba de ser un simple técnico para convertirse en algo más, en un gurú para el barcelonismo.

Tras abandonar el club, el «Flaco» se dedicó a su Fundación, de apoyo a los niños con discapacidad, y a sus negocios. Y por encima de todo ha sido un crítico, en el sentido más amplio de la palabra. Para lo bueno y para lo malo. Siempre que podía, metía baza. Ya fuese para lanzarle dardos envenenados a Núñez o para piropear a Joan Laporta años más tarde.

El abogado, buen amigo de Cruyff, había recibido el apoyo del holandés cuando en 1998 cargó contra Núñez a través del Elefant Blau. Pidió la dimisión del presidente e instigó una moción de censura contra él. Cinco años después, Laporta había crecido y pasaba de opositor vehemente a candidato a la presidencia. Tenía el apoyo de Johan, que deseaba hacerse de nuevo el club. Una buena manera de enterrar el nuñismo.

Desde 2003 Cruyff ha jugado al escondite, viviendo en un limbo y controlándolo todo desde las alturas. Ha analizado el devenir del club sabiendo que muchas de las decisiones que se tomaban tenían su beneplácito. Él bendijo el fichaje del actual secretario técnico, Txiki Begiristain, y puso sobre la mesa la primera terna de nombres para hacerse cargo del primer proyecto de la era Laporta: Koeman, Hiddink y Rijkaard. Quería hacer un Barça a su imagen y semejanza. Por eso criticó tanto que Mourinho pudiese convertirse en el relevo de Rijkaard. Prefería a su compatriota Van Basten, aunque acabó dando la aprobación a Guardiola, un hombre al que él forjó como jugador y que seguía mucho más su estilo de genio futbolístico.

Alejado de cualquier obligación, Cruyff se ha convertido en un analista de lujo. Su caché: 3 millones de euros por cinco años. Es la cantidad que pagó su amigo y en otra época apoderado Jaume Roures para promocionar, gestionar, negociar y contratar con terceros su participación y su intervención en los sectores de radio y televisión en España. El contrato llevaba la firma de MediaPro, la empresa de Roures, y se cerró en el bufete de abogados de Laporta. Un triángulo que ha levantado ampollas.

Laporta y Roures, dos azotes del nuñismo, unidos por Cruyff, han tenido crecimientos paralelos. Mientras el holandés mejoraba su hándicap de golf, su amigo Roures se convertía en uno de los grandes magnates de la comunicación en España, y Laporta, por su parte, ha adoptado los tics que tanto criticó del nuñismo: se ha creído más importante que el club y ahora apunta a cotas más altas.

Mientras, su amigo Johan coge las riendas de un bloque sin reconocimiento internacional ni oficial. En un momento en el que la selección catalana empieza a vivir un cierto declive, la Federación Catalana ha apostado por él para resucitarla. Y de momento ha conseguido lo esperado: notoriedad. Algo bueno para la Federación y para el ego de Cruyff.

Muchos le atacan por no hablar catalán o por tener intereses ocultos y no se creen que asuma el cargo por altruismo. Pero a Cruyff las críticas le resbalan. Puede defenderse recordando que firmó el manifiesto «pro seleccions» y que su hijo se llama Jordi, como el patrón catalán. Tipo listo donde los haya, Cruyff ha sabido vivir permanentemente con un as en la manga. Y ahora, de nuevo, apuesta a caballo ganador. Nada que perder, mucho que ganar.

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