Tras el descanso el Sporting no tardó en comprobar las consecuencias de haber dejado al Recreativo meterse en el partido. En todo el segundo tiempo no pasó prácticamente nada, como se demuestra por la inactividad de los guardametas. Bernardo dejó de ser el héroe, entre otras cosas, porque ningún rojiblanco le inquietó. Lo más parecido a una ocasión fue la melé espontánea que se formó en su área tras un córner, en la que a Gerard se le hizo de noche por no decidirse a tirar. Cuéllar sólo salió del anonimato al final, cuando detuvo un tirito del asturiano Adrián Colunga, y, sobre la hora, por sus dudas para salir por un balón cruzado hacia Álvaro Antón, que arrancaron los murmullos de la grada.
La prórroga fue más de lo mismo, aunque el cansancio de la mayoría de los protagonistas aumentó la circulación por las áreas. Preciado había recurrido a algunos de sus primeros espadas con la orden de que marcasen la diferencia. Sin duda, Carmelo, Luis Morán y De las Cuevas lo intentaron, pero ninguno de ellos encontró la inspiración necesaria para desnivelar la balanza. Sus compañeros, la mayoría poco o nada rodados, simplemente no tenían aliento para más.
El Sporting intentó con más ganas que el Recreativo evitar la lotería de los penaltis, pero a Iván Hernández se le fue alto un cabezazo en un córner, y De las Cuevas, en el último suspiro, no imprimió suficiente fuerza a un colocado lanzamiento de falta desde la frontal, un caramelo para Bernardo.
Después de 210 minutos, todo quedaba a expensas de la tanda de penaltis. Álvaro Antón y Barral no se inmutaron, pero el segundo turno empezó a deparar emociones fuertes. Entre Cuéllar y el poste frustraron el tiro de Javi Fuego, compensado de inmediato con el balonazo a la escuadra de Miguel de las Cuevas. Emilio Sánchez y Luis Morán no dieron opción a los porteros, y llegó el cuarto turno, a la postre decisivo. Poli marcó después de doblar las manos de Cuéllar, mientras que Carmelo siguió la misma suerte que Fuego: su tiro lo tocó Bernardo lo justo para desviar al poste. Otro ex sportinguista, Aitor, tenía la última palabra. Si transformaba, no había más que hablar. Lo hizo, y la gente se fue de El Molinón con un chasco tremendo.
A larga, quizá lo de ayer se convertirá en lo más conveniente para un equipo al que no le conviene despistarse, pero también puede servir para una reflexión serena. La buena marcha en la Liga dependerá de que las lesiones y otros imponderables respeten la espina dorsal de Preciado, porque, con contadísimas excepciones, no se vislumbra un relevo de garantías para los jugadores que tienen al Sporting en la parte noble de la tabla.