Oviedo, Álvaro FAES
Invocar el espíritu de Juanito en vano tiene sus riesgos, sobre todo cuando nadie se lo cree. Una cosa es hacerlo a la desesperada con un coloso europeo enfrente pero plantear algo así cuando en la otra parcela del campo se coloca el Alcorcón es una boutade, una frivolidad indigna de una entidad que presume de grandeza. En los ochenta, cuanto mayor era la goleada en la ida, con más hostilidad se comportaba el Bernabeu a la vuelta. El estadio y los futbolistas iban de la mano, claro que entonces los de la camiseta blanca llevaban el balón a empellones al área de un rival que solía salir muy asustado a Chamartín. Había incluso hasta entrenador y método, rudimentario, pero método al fin y al cabo, y no un hombre sin ideas, perdido, amortizado en tres meses de competición, como Pellegrini se empeña en demostrar con cada idea brillante.
Así que el Alcorcón entra de lleno en la historia negra del Bernabeu. Su nombre aparecerá junto al Real Unión, el otro verdugo de Segunda B en la historia blanca, un drama muy reciente, repetido en dos ejercicios consecutivos.
El Madrid engañó en Milán a unos cuantos optimistas, embaucó a otros tantos con un ratito de fútbol correcto en el Vicente Calderón y enseñó otra vez su verdadera cara contra el Alcorcón. Al entrenador Anquela ya le llaman «Anquelloti» por cómo bailó al Madrid en el conjunto de los dos partidos. Curioso, porque en su Liga de Segunda B solamente es sexto después del empate en el campo del Cacereño.
De la mano de Pellegrini, el Madrid desciende a los infiernos del fútbol. El entrenador es un ancla que arrastra a un grupo de buenos futbolistas incapaces de hacer nada decente cuando se juntan. No hubo ni rastro del miedo escénico porque el equipo de blanco pudo ser ayer un Puertollano cualquiera, uno de esos equipos que se encuentra el Alcorcón los domingos en el fútbol de jornaleros que es la Segunda B.
A Pellegrini le pidieron a voces la dimisión en la segunda parte y el técnico, cobarde, no salió más del banquillo. Quizá quería evitar una bronca que despistase a los suyos de la tarea de una remontada imposible. El patio de butacas pataleó cuando quitó a Lass para meter a Marcelo. «Pellegrini, dimisión», fue luego el grito unánime que Valdano se encargó de cronometrar. «Duró quince segundos», dijo el director general en la encendida defensa que hizo de su delfín en el banquillo.
El cambio no gustó porque el francés era de los pocos que tenían algo de sangre. El relevo no fue acertado. En ese momento ya sobraban las precauciones de Arbeloa a la hora de subir la por la banda. Pero el error no era más que la prolongación de una alineación inapropiada para meter mano a un equipo al que tenían que pesarle hasta los calzones solo por saltar al coliseo blanco.
Con Drenthe, Guti y Metzelder señalados por «lo de Alcorcón», Pellegrini colocó a Lass de lateral derecho y a Gago y Diarra en la construcción. Pero dos albañiles sin arquitecto cerca no auguran nada bueno. Y si ayer no era el día para arriesgar con Marcelo en el lateral habrá que pensar que no habrá otro partido para ver allí al brasileño.
El chileno ignoró a Granero, mandó a Xabi Alonso a su turno de grada y dejó a Benzema ir con Francia. Arriba, Higuaín fue la sombra de su entusiasmo y Raúl y Van Nistelrooy ya no están para una fiesta que pedía mucho ritmo y aguante físico.
Así que el Madrid se quedó en cinco minutos en el primer tiempo, con intentos de Van Nistelrooy, que incluso pidió un penalti dudoso, y Arbeloa. El apañado Alcorcón renunció a todo en la segunda parte. Tenía mucha renta que conservar.
Van der Vaart puso el gol y algo de ánimo en las filas blancas. De la presión salieron un par de balones al larguero (Van Nistelrooy e Higuaín) y un repertorio de disparos que siempre repelía el brillante Juanma. Imposible. Pero a los de blanco no se les puede llamar equipo. Son una agrupación de futbolistas sin patrón de juego. No tienen plan, la estrategia es algo que no conocen porque nadie les obliga a trabajarla y la velocidad, una desconocida. Así no hay manera.