MANUEL ROBLES
En las glosas obituarias a la memoria del recientemente fallecido locutor y periodista deportivo Emilio L. Tamargo se ha pasado por alto su etapa leonesa en la emisora La Voz de León. Rompedora y enriquecedora etapa según él mismo solía confesar. «En aquella trinchera me descorné haciendo de todo...»; con apenas ventialgunos años y durante varios más allá por la década de los setenta.
Allí le llevaría José Luis P. Perelétegui, a la sazón su director, repitiendo trasiego dentro de la entonces Red de Emisoras del Movimiento (R.E.M.). Por poco no coincide con Luis del Olmo -de aquélla Del Olmo Marote... desde el Campo de La Puentecilla»- llegado procedente de Radio Juventud de Ponferrada (Emisora-Escuela del Frente de Juventudes); ni con el grande Victoriano Crémer que ya se había integrado definitivamente en Radio León. Pero sí creemos recordar que coincidiera con Paco Umbral, que le daba su toque bohemio e intelectual a lo suyo, o un Luis de Pablos con su programa literario...
Allí en la entrañable Radio Falange le conoció el firmante en su particular bohemia radiofónica de los veintipocos años. Con un Emilio haciendo de todo. Multiusos. Rompedor y a la vez creativo. Con el impulso de su juventud, y sus personales arrestos, no había barreras para su micrófono conectado a un casi antediluviano magnetófono colgado al hombro y que es la imagen gráfica que nos queda: con su cara de crío bajando a la carrera las cortas escaleras del Edificio de Ordoño para seguir recorriendo a pasos largos los rincones del León-noticia. Y si se terciaba uniéndose a los debates futboleros semanales con Luis Arribas, Germán Tuñón, Enrique Blanco Pérez, etcétera.
De algún modo pionero de una radio de vanguardia, en la trinchera de la noticia. Radio directa e incisiva y que continuarían en cierta medida «los Grajos» Montero Aparicio, Andrés L. Rodríguez, etcétera. Profesionalmente al margen, llegaría a sentirse bastante identificado con León. Con su idiosincrasia y cazurrismo. Últimamente con la causa leonesa de su revolución pendiente; del agravio castellano. «Qué bien hubiera estado una autonomía asturleonesa», me comentó alguna vez.
Reportero radiofónico de raza, en León empezaría a curtirse y descubrir que era capaz de afrontar lo que le echasen. Todo lo mucho que felizmente le acabarían echando en su dilatada vida profesional y que tan bien supo sacar a flote. En León había cargado baterías y, casi medio siglo después, desde León aún le recuerdan con admiración quienes fueron sus oyentes y con afecto quienes fuimos sus amigos. Emilio, descansa en paz allá donde estés.