J. M. MATUTE
Cuando Yevgueny Kafelnikov ganaba en Roland Garros en 1996 para convertirse en el primer tenista ruso que conquistaba un torneo del Grand Slam, Marat Safin era aún un diamante en bruto que desquiciaba a sus entrenadores en Valencia. A sus 16 años, el moscovita era un portento de la naturaleza (entonces rozaba el 1,90) pero cuya fortaleza y agresividad no siempre pasaban la red. Muchas veces la raqueta terminaba estampada contra el suelo, algo que llegaría a convertirse en habitual. Ahora que acaba de poner punto final a su carrera pudiendo presumir de ser el jugador ruso con mejor palmarés de todos los tiempos, en las páginas de la red se recuerda que fueron más de doscientas las que rompió en las pistas de todo el mundo a lo largo de sus doce años de profesional.
Marat Safin (Moscú, 27 de enero de 1980) llegó a Valencia en 1993. Hasta entonces lo había entrenado su madre, Raisa, en el club propiedad de su padre, Mikhael. En la arcilla de Valencia aprendió a depurar su técnica, pero también comprendió que su carácter nunca le iba a permitir limitarse a pasar bolas. La tierra requiere paciencia y esa era una virtud que no estaba en su libro de estilo. La otra: sacrificio.
Tal era su fuerza que en 1997 iniciaba su andadura profesional y al año siguiente dejaba de ser un desconocido para el gran público cuando el 26 de mayo, en la primera ronda de Roland Garros, apeaba del torneo nada menos que a André Agassi, que por entonces ya tenía dos torneos del Grand Slam en las alforjas y que un par de meses después ganaba el oro olímpico en los Juegos de Atlanta. Safin, con 18 años, llegó a colocar un saque directo a Agassi a 230 kilómetros por hora.
Cerró aquel 1998 como el mejor junior del mundo; en el 99 lograba su primer título profesional al superar al británico Rusedski en la final de Boston, y en 2000 conseguía lo que todo el mundo esperaba en Valencia: ser el número uno del mundo. Fue a finales de noviembre, tras haber ganado su primer grande -el Open de Estados Unidos, nada menos que ante Pete Sampras y en sólo tres mangas- y otra media docena de títulos como el Godó, Toronto, Tashkent, San Petersburgo, Valencia y París-Bercy.
En 2001 una tendinitis le impidió reeditar los éxitos de la anterior campaña y su cabeza tampoco había estado nunca preparada para sacrificios. «Eres tú el que tienes que motivarte, el que debes tener la ilusión y la convicción de que quieres esforzarte y sacrificarte para ser el mejor. O lo tienes tú o ya te lo pueden decir doscientas veces, que si no quieres, no quieres». Así explicaba esta semana Rafa Nadal en el «Magazine» de LA NUEVA ESPAÑA dónde encuentra la fuerza necesaria para disputar todas las bolas como si fueran la más importante de su carrera. A Marat le dirían más de doscientas veces, más de dos mil, que debía aprender a sufrir para seguir en lo más alto, pero nunca volvería a liderar el ranking. A lo más que llegó fue al cuarto puesto tras ganar en 2004 los torneos de Pekín, Madrid y París-Bercy, todos ellos en pistas rápidas, en las que la potencia de su saque compensaba la inconsistencia de su cabeza.
En 2005 aún ganaría su segundo grande, el Abierto de Australia, del que había sido finalista en 2002 y 2004, y en 2006 sumó una segunda Copa Davis a la que conquistara con el equipo ruso en 2002. Tenía 26 años y ya había superado a Kafelnikov como el jugador ruso con mejor palmarés de todos los tiempos. Pero tras aquella Ensaladera no volvería a levantar trofeo alguno.
Una nueva lesión le llevó a recluirse en 2007 una temporada en el Himalaya, logrando hacer cumbre en el Cho Oyu, la sexta cima más alta del planeta, y en este 2009 protagonizaba un hecho sin igual en la historia del tenis. Los organizadores retrasaron su debut en la Copa Hopman de Perth (Australia) pues tuvo que aplazar un día su viaje ya que se había visto envuelto en una pelea en Moscú y fue retenido por la policía. «Estaba en el lugar equivocado a la hora equivocada, pero gané la pelea», confesó un Safin que apareció en Australia con ojo que cambiaba de color cada día. Genio y figura, Marat ganó el torneo con su hermana Safina, junto a quien puede presumir de ser la única pareja de hermanos números uno del tenis.
El pasado miércoles, tras caer ante Del Potro en París-Bercy, su torneo preferido y que ganó en tres ocasiones, el zar con nombre de revolucionario francés se retiraba a sus palacios de invierno. Se le echará en falta.