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Fútbol es fútbol

Sin viento y sin amargas lágrimas

n Un gran partido de la Premier League de hace diez años es tan divertido como un viejo capítulo de la serie «Colombo»

 
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ANTONIO RICO Esta semana vi en Canal + Fútbol el partido Arsenal-Manchester United de la temporada 1999-2000, y me lo pasé en grande. Para mí, un gran partido de la Premier League de hace diez años es tan divertido como un documental sobre la Acrópolis o un viejo capítulo de la serie «Colombo». Sí, estoy muy enfermo. Pero no estamos aquí para hablar de mis enfermedades, sino del aburrido argumento del aburrimiento que produce un partido de fútbol en miradas poco educadas. Sobre esto no voy a decir lo mismo que dijo Maradona cuando acabó el partido Uruguay-Argentina, más que nada porque no quiero que me sancionen dos meses y porque este artículo sólo tendría tres palabras (cuatro, como mucho) y sería cortísimo. Así que habrá que ofrecer aburridos argumentos.

¿Por qué un espectador se niega a abandonar una sala de cine a pesar de que la película le está aburriendo mortalmente? La respuesta está en lo que el filósofo José Antonio Marina llama «tozudez del inversionista»: quienes han realizado un sacrificio (de dinero, tiempo o esfuerzo) para hacer algo tienden a continuar haciéndolo, aunque les suponga más pérdidas que ganancias. Parece que ese espectador aprovecha mejor su dinero (y su tiempo) quedándose, cuando lo cierto es que, si la película no le gusta y ya ha perdido media hora, lo mejor sería irse y no perder una hora más en una actividad con la que no está disfrutando. Todos los futboleros vemos todas las temporadas unos cuantos partidos aburridísimos, y siempre hay algún «gremlin» antifutbolero que nos susurra al oído: «No seas estúpido: ya has perdido cuarenta y cinco minutos viendo la primera parte de un Málaga-Zaragoza sin goles, lárgate y no pierdas otros cuarenta y cinco minutos de tu vida». Error. Un partido de fútbol no es una película. Si después de estar media hora viendo una película de Rainer Werner Fassbinder, por ejemplo, apetece arrancarle la nariz a mordiscos al tipo que nos habló maravillas del «nuevo cine alemán», es casi seguro que los siguientes minutos de «Las amargas lágrimas de Petra von Kant» no salvarán la nariz de nuestro amigo cinéfilo. Pero es que un partido Málaga-Zaragoza no es una película de Fassbinder, así que en los últimos minutos no sólo puede pasar algo, sino que cabe la posibilidad de ver en directo y en el último minuto el mejor gol de la historia. La tozudez del inversionista no explica quedarse a ver la segunda parte de un aburrido Málaga-Zaragoza en vez de largarse al cine para aprovechar el tiempo.

Ya, pero ¿y si el árbitro pita el final del partido Málaga-Zaragoza y no hemos visto el mejor gol de la historia, ni el segundo mejor gol, ni el tercero, ni siquiera un gol, o un disparo a puerta con peligro, o un remate con intención, o un amago de disparo? Es igual, amigo «gremlin». Los aficionados al fútbol navegamos por los partidos en un barco de tres palos, esa maravillosa invención que hacia el siglo XV permitió la navegación incluso contra el viento. El tercer palo del futbolero es el gusto por los detalles, es decir, el gusto por la táctica, por la estrategia, por el toque, por un centro bien dirigido o por un buen marcaje del central. El barco de tres palos permitió, como decía Lewis Mumford, los viajes oceánicos sin necesidad de la audacia de un vikingo o la paciencia de Job. Del mismo modo, un futbolero pilotando un barco de tres palos puede sentarse a ver un partido Málaga-Zaragoza sin necesidad de la audacia de un vikingo que espera ver el partido de su vida, ni la paciencia con el 0-0 de un Job futbolístico.

Y todo esto sin tener en cuenta la pasión, por supuesto. Con pasión es imposible aburrirse en un partido de fútbol. Si soy seguidor del Málaga, que le den a las amargas lágrimas de Petra von Kant y a todo Fassbinder. Pero el fútbol es un juego tan apasionante que ni siquiera es necesaria la pasión para disfrutar con un partido. Eso sí, hace falta un barco de tres palos para poder navegar sin el viento de los goles, el buen juego o la presencia de jugadores como Messi. Con viento a favor, ver un partido de fútbol es como pasar el día en un parque de atracciones. Sin viento, sin tener sangre vikinga y sin ser Job, hay que utilizar los tres palos del barco. Así, es posible navegar por el océano del 0-0 sin miedo, sin aburrimiento y sin verter amargas lágrimas.

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