POR PEDRO RAMOS
Decían que era el mejor equipo del mundo. Que era el que mejor jugaba. Que iba a marcar una época. Que iba de título en título. Incluso estaba propuesto para el premio «Príncipe de Asturias» de los Deportes. Tal parecía que no había más equipo y club que el Barcelona y el resto eran meros comparsas. Sin embargo, todos aquellos que estaban «tri-tranquilos», «tri-contentos» y «tri-relajados» están ahora que no les llega la camisa al cuello. Es todo una cuestión numérica. Sí, el Barça ya no es líder. Parecía intocable, pero ya no está en lo más alto. Ha perdido la cabeza. Así de claro. Lo más significativo es que se ha quedado sin liderato en un momento harto complicado. Cuando el calendario se pone cuesta arriba y llegan rivales de enjundia al Nou Camp: Inter de Milán y Real Madrid. Es decir, que Can Barça puede saltar por los aires o salir victoriosa en el plazo de una semana. Porque ya no es sólo la Liga española, también en la Liga de Campeones hay urgencias. Aquí, en la competición doméstica, el equipo nacionalista e independentista de Juan Lapuerta se ha visto superado por un bloque en crisis, que no juega a nada, al que se critica al entrenador y también a los jugadores; en fin, que ese desecho de la Liga, según algunos opinólogos, es ahora el líder. Sí, es el Real Madrid, que lleva «tan sólo» 28 puntos de 33 posibles, es el segundo más goleador (y eso que no está Cristiano Ronaldo) con 27 tantos y el que menos encaja, 8 (eso sí, empatado con Barça y Sevilla). Resumiendo, que el Real Madrid ha protagonizado el mejor arranque liguero de los últimos 17 años y que el domingo se presentará en el Nou Camp con un Cristiano Ronaldo ya recuperado y pletórico de ganas. Seguro que en Barça ya no están tan «tri-tranquilos» como pretenden hacer ver. Dicho esto, analicemos la Liga de Campeones. Volvemos a la cuestión numérica porque aquí el mejor equipo del mundo (bla, bla, bla) tampoco es líder. Pero ojo y más grave aún: tampoco es segundo. Es decir, que si ahora mismo se produjera el corte, el Barça ni siquiera pasaría a la siguiente ronda. Por eso el partido contra el Inter de Eto'o, de Mourinho y de Sneijder, entre otros, es a vida o muerte. Justo antes del gran clásico. Toca remangarse, echar el resto y sacar la calculadora para hacer números porque las cuentas pueden no empezar a salir.
La semana pasada fue semana de selecciones y, por tanto, se habló mucho de los dos mejores combinados nacionales del momento. Un viejo conocido, Fabio Capello, ahora al frente de la selección de Inglaterra, se enfrentó y perdió con Brasil. El técnico italiano encendió el debate al afirmar que «España es realmente buena técnicamente, se pasan muy bien el balón, pero no son tan fuertes y no defienden tan bien como Brasil». La Roja respondió en el campo con una goleada en Austria. Pero, por si eso no fuera suficiente, la cuestión numérica se pone del lado español. Rojo o roja mejor que amarillo/a. Estos son los datos: en los últimos 43 partidos, la Roja ganó 39 encuentros por 29 de la canarinha o amarilla mientras que marcó 96 goles por 90 y recibió 21 por 31. Así pues, los números demuestran que España domina en la actualidad y presenta mejores registros que Brasil. Lo que sucede es que, después de ganar la Eurocopa, el ahora equipo de Del Bosque falló clamorosamente en la única cita seria que tuvo y no fue otra que la Copa Confederaciones. En ella partía como favorita para enfrentarse a Brasil en la final. Sin embargo, España cayó en semifinales ante la modestísima EE UU mientras que los amarillos sí llegaron y ganaron esa final, precisamente frente a los estadounidenses. Por eso queda esa sensación de que, pese a la excelencia futbolística, pese a la cuestión numérica, pese a todos los favoritismos y a haberse quitado los complejos en la Eurocopa, a España le falta un «no-sé-qué» para afrontar un Mundial como verdaderamente favorita.
Al contrario de lo que postula el dicho asturiano, la trampa no rescampló en el caso del partido clasificatorio -y decisivo- para el Mundial entre Francia e Irlanda. Ese dicho viene a significar que la trampa resplandece, que al final sale a la luz, en suma, que el tramposo, tarde o temprano, termina pagando. Pero no es así en el fútbol. Esto también es una cuestión numérica. No es la primera vez ni será la última. Los irlandeses, gobierno incluido, llegaron a pedir la repetición del encuentro contra los franceses a raíz de la escandalosa mano del barcelonista Henry en el último minuto del partido y que, gracias a ella, consiguió anotar el gol que les metía en la fase final del Mundial. El propio Henry llegó a decir que lo más honesto sería repetir el choque. Pero no. La FIFA no acepta rearbitrar los partidos una vez han concluido. Y, pese a todas las injusticias que eso puede acarrerar, hace bien en no prestarse a estas peticiones de rearbitrar a través de la televisión al día siguiente. Si un gol vale en el campo, vale para siempre aunque la televisión demuestre después el error clamoroso del árbitro. Desde la famosa «mano de Dios» de Maradona frente a Inglaterra de los cuartos de final del Mundial del 86 hasta ahora han llovido goles ilegales. Numerosísimos. Y también han llovido penaltis no pitados. Numerosísimos. Y jugadores expulsados y otros que, aun mereciéndolo, no vieron la roja. Puestos a ser quisquillosos, en cada encuentro hay al menos una polémica. Multipliquen por el número de partidos y envíen las correspondientes reclamaciones a la Federación Española, FIFA y UEFA. Sería imposible impartir tanta justicia. Es también una cuestión numérica.
Una multa o sanción se impone para castigar un hecho punible. En función de la gravedad de esa acción, el castigo ha de ser más o menos elevado. Hace unos años un botellazo a Juande Ramos cuando era entrenador del Sevilla se saldó con el cierre del campo del Betis y una multa de consideración para el club verdiblanco. Hace un par de semanas se produjo una pedrada al entrenador madridista Pellegrini en el Vicente Calderón. El Comité de Competición ha considerado el hecho de incidente leve y ha impuesto una sanción al Atlético de 150 euros. Han leído bien: 150 euros. Esto ya no es una cuestión de números, aun cuando el 150 parezca bastante bajo. Es una cuestión de sentido común. No se puede imponer una sanción así porque es tanto como no multar. En suma, que todo esto suena a tomadura de pelo. De verdad.
Alberto Contador desveló en las páginas de un diario deportivo italiano que en el último Tour tuvo que comprarse dos ruedas para su bicicleta para afrontar la primera contrarreloj porque las mejores fueron para su ¿compañero? Armstrong. Ese fue tan sólo uno de los desplantes que sufrió por parte de su equipo, el Astaná, descaradamente favorable al «abuelete» americano, que reaparecía tras tres años de retiro voluntario. Era algo que se intuía desde el mismo momento en el que el siete veces campeón de la ronda francesa dijo que quería volver. No se puede meter a dos líderes en el mismo equipo ciclista porque acaban enfrentados. Igualito que sucedió cuando McLaren apostó por Hamilton y humilló a Fernando Alonso.