Madrid,
Miguel L. SERRANO
Lo bueno de las victorias postreras es que el gozo se multiplica, el gustillo sabe a satisfacción y la resaca hasta se agradece. Lo malo es que disparan el triunfalismo, llaman a la autocomplacencia y a la relajación y, sobre todo, empañan los errores. Ayer el Oviedo fue el mismo equipo de siempre: sólido y ordenado atrás, dominador en el centro e inexperto y primo en ataque. Pero ganó porque, en una de éstas, ¡sorpresa!, el balón entró. Fue Xavi Moré quien hizo de celestino entre el gol y su grupo, agonizando como estaba la función. Le pegó duro desde la frontal, algo escorado, Adán se la comió por su palo y el cuero abrazó la red. Final a 362 minutos de abstinencia azul, tres puntos para la hucha y clímax general.
El tanto de Moré tergiversó por completo las crónicas que ya detallaban otra representación de incapacidad de los asturianos, respaldados en Valdebebas por casi 400 seguidores. Detrás de los focos que acabaron iluminando al vencedor, se esconde la historia de un empate anunciado entre dos equipos abonados a él, empatados -valga la redundancia- a siete igualadas en lo que va de liga. El filial madridista mereció algo más porque resistió en inferioridad una hora sin agobios. Y los oviedistas merecieron menos porque, básicamente, no aprovecharon su superioridad para elaborar, matizo elaborar, si acaso una ocasión mansa de gol, matizo mansa, exclúyanse balones parados. Sucede que ni Rayco ni Jandro son delanteros, ni nadie, salvo el convaleciente Miguel. Como la estrechez de la plantilla no es culpa del entrenador, estaría de más pedirle peras al olmo y convendría aceptar para futuras citas que la vida en este Oviedo de Segunda B pintará más o menos así: férreos atrás, toque y más toque horizontal para, al menos, presentarse dueño del partido y escapar del patadón y arriba, lo que venga. O una falta, o un cabezazo o, como ayer, un disparo desde media distancia. Una personalidad obligada en un grupo que sigue esperando a Miguel como el comer.
Sí es justo convenir en el dominio total de los oviedistas ayer en el Alfredo Di Stéfano. Tuvo que ver mucho la tempranera expulsión local, por una dura entrada de Raúl Ruiz a Invernón en la banda. El árbitro consideró que el madridista no iba al balón y le mandó a ducharse (minuto 24). Antes de eso, el Madrid asustó primero en una combinación exquisita entre Juan Carlos y Mosquera a cuyo centro no llegó por poco Samuel (minuto 9). El Oviedo dominaba sin persuadir, hasta que se volcó en la banda de Busto, la izquierda. De sus centros salieron las opciones más interesantes para los de Pichi Lucas. La más fácil la tuvo Rayco justo antes de la roja. El canario se encontró con una pelota en el área pequeña después de que el zaguero local Mateos se la tragase. Como no se la esperaba se entretuvo más de la cuenta y Adán se le echó encima. Lo más parecido a un ¡huy! que cantó la afición asturiana. Tras la expulsión, los locales se replegaron y los azules comenzaron a jugar cómodos. Salvo un córner en el que Aulestia salió a por uvas y Gary remató desviado, y una volea alta de Mosquera al filo del descanso, el Oviedo apenas pasó apuros. Tampoco el filial madridista, que solo se veía intimidado por los faltas mal sacadas por Curro y un remate de Rayco flojo con la izquierda, altísimo. A falta de estímulos mayores, el público la tomó con Invernón, al que abucheaba cada vez que recibía.
El segundo acto resultó más monólogo azul, pero esta vez con mayor miga en ataque. Invernón y Busto avisaron al principio con sendos trallazos que la voluntad era distinta. Curro lo corroboró después con una falta directa ligeramente desviada y Rubén mandó al limbo una triple ocasión llena de rebotes. Luego llegó el comentado tanto, bálsamo final y generador de ansiedad. Los azules, en ventaja, se echaron atrás emitiendo síntomas de presión, de nerviosismo. Esa es otra, pero ya habrá tiempo de comentarlo. Al fin y al cabo, queda el gustillo del triunfo.