Oviedo, Mario D. BRAÑA
A la hora de la verdad, cuando no quedaba otra, reapareció el Barcelona Superstar. Rebajado de estrellas, ya que no estuvieron Ibrahimovic ni Messi, pero con unos argumentos que vuelven a poner por las nubes a Pep Guardiola: el Barça fue un equipo de cuerpo entero. Regaló tal exhibición de fútbol que dejó a la altura del betún al líder destacado de la Liga italiana. Un Inter que se quedó mudo ante el despliegue del Barcelona, que fue muy superior en todos los aspectos: táctica, técnica e incluso físicamente. Fue un Barça parecido al de los mejores momentos de la pasada temporada, una orquesta afinada con un solista enorme: Andrés Iniesta.
Al final, Guardiola envidó con una alineación sin Messi e Ibrahimovic, que se pasaron la noche calentando el banquillo, como si el entrenador azulgrana quisiera propagar al mundo entero un mensaje definitivo: el Barça, su Barça, es ante todo, un equipo. Si el bloque funciona, no importa quiénes estén en el campo. Cuando los once azulgranas van todos a una, presionan como cosacos y mueven el balón como los ángeles, poco tiene que decir el rival, sea quien sea. Incluso este Inter de Mourinho, paradigma de la firmeza defensiva.
Las bajas le dieron el equipo hecho a Guardiola, que para compensar se encontró con la agradable sorpresa de la recuperación de Abidal. No le preocupó en exceso la ausencia de Touré, porque tiene a Busquets en un momento excepcional. Y seguro que le pareció que Iniesta, Henry y Pedro formarían un buen ataque, siempre que los demás cumpliesen con su misión. Y vaya si lo hicieron. Desde el pitido inicial el Barcelona se adueñó del balón. Eso estaba en el guión, igual que el hermético 4-4-2 del Inter, con Diego Milito y Eto'o allá arriba, abandonados a su suerte, como en San Siro.
Lo que era más difícil de adivinar es que el chiringuito defensivo de Mourinho se iba a venir abajo a las primeras de cambio y en una acción a balón parado. Xavi sacó un córner desde la izquierda, Henry peinó con la cabeza en el primer palo y Piqué, adelantándose a Motta y aguantando el descarado agarrón del ex barcelonista, ponía el interior de la bota para cruzar el balón al palo contrario. Una bendición para el Barcelona, justo lo que necesitaba para que nadie echase de menos a sus doloridas estrellas.
Por lo que se vio entre ese minuto 9 y el 25, es decir, entre el primer gol y el segundo, el Inter no tenía «plan B». O no le corría prisa aplicarlo. O, simplemente, el Barcelona le minimizó hasta tal punto que los italianos tardaron media hora en acercarse a Valdés. Y para que llegase la sensación de inquietud a las gradas fue necesario que Abidal arriesgase con una cesión inconveniente, que Eto'o presionase con su saña habitual y que el portero incurriera en uno de sus habituales excesos de confianza. En todo caso, Stankovic, que intentó aprovechar la soledad de la portería azulgrana, remató demasiado alto.
Este episodio, o un remate lejano de Diego Milito fácil para Valdés, fueron dos anécdotas en un primer tiempo de monólogo barcelonista. De jugadas como la del segundo gol, made in Barça. Después de un rondito de tropecientos pases, Xavi encontró el hueco para la llegada de Alves, que metió un centro al que no llegó Henry pero sí el inevitable Pedro, que aseguró un remate que no pudo sujetar Julio César. En esa acción fue vital la intervención de Iniesta, que en vez de apalancarse en la banda jugó con total libertad para crear superioridad en el centro del campo.
Con el trabajo hecho, los jugadores del Barcelona dedicaron la segunda parte a cuidarse físicamente. Aun así, al trantrán, el Barça volvió a tener las mejores ocasiones, pero Julio César voló para desviar un cabezazo de Xavi y un pildorazo de Alves en una falta. Al Inter, mientras, sólo le quedó el consuelo de hacerse la víctima por un posible penalti de Alves a Eto'o que Bussaca pasó por alto. Ni el árbitro quería estropear la fiesta azulgrana.