ANTONIO RICO
Más allá del resultado, del juego, del regreso de Cristiano Ronaldo o de los tres puntos, me parece que el partido Barça-Madrid es importante por dos cosas: el imprescindible homenaje del Camp Nou a Robert Enke en un partido grande (sin faltar al respeto a la Cultural Leonesa) y la profundidad de la huella de la mano de Henry que clasificó a Francia para el Mundial de Sudáfrica. Queda tanta Liga que pase lo que pase el próximo domingo, no habrá pasado casi nada. Nos divertiremos con Iniesta y Kaká, discutiremos si Casillas sigue siendo mejor portero que Valdés, tomaremos nota del peso de Cristiano Ronaldo en el álbum de cromos madridista y, finalmente, todos estaremos de acuerdo en que, a estas alturas del campeonato, tres puntos son sólo polvo. Sacudámonos el polvo del partido antes de que se juegue y hablemos de Enke y de Henry.
La muerte de Enke es, como todas las muertes, triste para los que nos quedamos. Es cierto que el portero alemán no tuvo suerte en el Barça, pero algunos estaremos más pendientes de las pancartas con dedicatoria al portero que de la salida de los equipos mientras suena el himno del Barça. Y la mano atea de Henry, que nada tiene que ver con la famosa «mano de Dios» de Maradona, es más triste para los que amamos el fútbol que para el mismo Henry. Qué injusticia. Enke será recordado por su muerte y Henry pasará a la historia por su mano, cuando ni la muerte ni la mano son dos circunstancias esencialmente futboleras. Pero, como decía al principio, me parece importante que los dirigentes del Barça y los aficionados del Camp Nou estén a la altura de las circunstancias en el recuerdo a Enke (aunque no llegue a la mitología del minuto siete en el Bernabeu en recuerdo a Juanito), y me parece importante que no empecemos a ver a Henry como un jugador pegado a una mano tramposa. Y no tengo clara ni una cosa ni la otra. ¿Lo urgente (el partido contra el eterno rival) hará que el barcelonismo se olvide de lo importante (recordar, aunque sólo sea un poquito, a Robert Enke)? ¿Lo accidental (una mano de Henry en un partido) hará que nos olvidemos de lo esencial (muchas tardes de fútbol de seda y rosas)?
Como dijo Maquiavelo con su habitual lucidez, el progreso suele derivar del daño ajeno. En el caso del fútbol eso significa que el progreso en este deporte tendrá que ver con el daño que llevó a Enke al suicidio y el daño que llevará a Henry a pasar a la historia como un tramposo. La muerte de Enke fue poco estética, pero con profundas implicaciones éticas. Dicen que las últimas palabras de Oscar Wilde fueron: «O se va ese papel pintado o me voy yo». Seguro que las últimas palabras de Enke no tuvieron nada que ver con el papel pintado que tanto incomodaba a Wilde en su lecho de muerte, pero sí con ese espantoso papel pintado que decora el mundo del fútbol en particular y el mundo real en general. O se va ese papel pintado o me voy yo. Y, claro, se fue Enke. Sin embargo, la mano de Henry fue poco ética, pero con profundas implicaciones estéticas. Ya se escuchan voces (casi gritos) que piden más cámaras, más árbitros, más tecnología en los campos de fútbol que impida que una mano cambie la historia de un partido. Como en el fútbol americano, dicen. Vale. Cambiemos el papel pintado del fútbol y paremos un partido para comprobar si fue mano, si hubo penalti, si el delantero estaba en fuera de juego. Hagamos de un partido de fútbol un videojuego. Que cien ojos vigilen la mano de Henry, y así nos olvidaremos de la elegancia de sus piernas.
Las tristes, para los que nos quedamos, muertes de Antonio Puerta y de Dani Jarque cambiaron algunas cosas. La triste muerte de Enke debería cambiar otras. Y la mano de Henry cambiará seguramente muchas más. Así es el progreso, hijo del daño ajeno. De momento, espero que el Camp Nou se acuerde de Enke y que los medios de comunicación dejen de dar la vara con la mano de Henry, como si acabaran de descubrir que los jugadores de fútbol no son kantianos. Si no es así, habrá que retocar las últimas palabras de Oscar Wilde: o se va ese horrible papel pintado de insensibilidad e hipocresía o nos vamos al baloncesto.