Gijón, Mario D. BRAÑA
Ahí sigue el Sporting, aferrado a su nueva imagen de equipo sólido (tres jornadas sin encajar un gol) y bendecido por el estado de gracia de su técnico. Estaba el partido en vía muerta, después de media hora de la nada más absoluta, cuando Preciado decidió que era el momento de Bilic. Y vaya si lo fue. En poco más de veinte minutos, el croata peinó el balón que derivó en el penalti y expulsión de Gonzalo. Acabó remachando el lanzamiento de Rivera y despejado por Diego López. Pudo coronarse con un segundo gol, pero esta vez el portero del Villarreal salvó la segunda pena máxima. En eso se resume la segunda parte. Claro que antes del descanso, el Sporting le había dado un meneo al Villarreal, un equipo que ha perdido el duende de las últimas temporadas.
El arranque del partido fue revelador del estado de los dos equipos. Un Sporting fresco, atrevido, que robaba el balón muy arriba y lo ponía rápidamente en las botas de sus ardillas ofensivas o del siempre hambriento Barral. Enfrente, un Villarreal amuermado, con sus jugadores más veteranos sobrepasados por la intensidad local y los jóvenes con falta de cuajo. Sólo Senna resistía en el centro del campo, la línea sobre la que pivotó la mejor etapa de la historia del Villarreal. Cani resultaba intrascendente, Bruno era un amigo para el Sporting y Pires parecía más interesado en los líos que en el fútbol.
Rivera, tan atento como siempre a todos los detalles, agradeció volver a tener a su lado a Míchel. Después de unas cuantas combinaciones, ésa parece la pareja ideal para el mediocentro. Con ellos en su línea todo es más fácil. Los balones llegan rápido y bien a las bandas o a los dominios de De las Cuevas. El Sporting controló totalmente la situación en esos primeros minutos y amagó con varias llegadas bien armadas y mal finalizadas. Aun así, hubo oportunidades, aunque tuviesen que llegar a balón parado. Porque ahora resulta que el que domina esa faceta es el Sporting. Con Botía y Gregory todo es más fácil, aunque ayer sus cabezazos no encontrasen el destino adecuado.
Tuvo que equivocarse Diego López para que el Sporting rozase el gol de verdad. El portero despejó mal y el balón cayó a pies de Barral, que no se lo pensó. En dos zancadas se plantó al borde del área y, apurado por el cruce de Gonzalo, lanzó un remate que se estrelló en el poste izquierdo de López. No es que la producción ofensiva sportinguista fuese exagerada, pero pareció mucho comparada con la del Villarreal.
Las estrellas de la delantera castellonense no tuvieron la más mínima opción. Por una parte, sus compañeros nunca les encontraron, pese a que tanto Nilmar como Rossi se molestaron en caer a las bandas o buscar la espalda de los centrales. La única vez que lo consiguió, Nilmar se encontró con el banderín levantado del juez de línea, en una decisión muy controvertida. En cualquier caso, muy poco para todo un Villarreal, que echó por tierra en ese primer tiempo su aparente reacción de las últimas jornadas. A falta de recuperar a jugadores importantes, como Santi Cazorla, Valverde tiene trabajo para conseguir que su equipo responda a las expectativas.