Messi, la esfinge feliz

Rápido, giroscópico e imaginativo, todo en grado sumo, puede aspirar a metas todavía más altas que las de ser declarado mejor jugador de Europa y quizá pronto del mundo
La comparación con Maradona no le eclipsa y su gol al Getafe es quizá mejor que el de Diego a Inglaterra

 09:12  
Messi, la esfinge feliz
Messi, la esfinge feliz  

El jugador del Barça Leo Messi fue elegido ayer «Balón de oro» 2009, galardón que distingue al mejor futbolista en Europa. Messi consiguió el 98,54 por ciento de los votos, el mayor porcentaje logrado por un ganador desde la creación del premio en 1956. Cristiano Ronaldo fue segundo; Xavi, tercero, y el asturiano Villa consiguió dos votos.

MELCHOR FERNÁNDEZ DÍAZ
La última vez que estuve en la Argentina me contaron este chiste:

Hablan dos conocidos.

UNO: «De Rosario sólo salen putas y futbolistas».

OTRO (ofendido): «Oye, que mi mujer es rosarina».

Breve desconcierto. Reacción fulminante.

UNO (con vivo interés): «¿En qué equipo juega?».

Lionel Messi confirma que de Rosario salen grandes futbolistas. Allí nació él, en junio de 1987, pero con el tiempo habrá quienes discutan que se le pueda considerar rosarino. Dentro de cuatro años habrá vivido en Barcelona tanto tiempo como en su ciudad natal. A Barcelona llegó siendo un niño de 13 años, por una iniciativa de sus padres, que estaban seguros de su talento pero, a la vez, creían que necesitaba ayuda médica para culminar su desarrollo. Llegaron a un acuerdo con el Barcelona para que lo acogiera. La suya pudo ser una historia más de niños prodigio que entran en la estructura de un club grande y luego se malogran. En su caso parece que resultó providencial un informe favorable de Rexach, que sólo necesitó verle jugar diez minutos para darse cuenta de que en aquel chavalín que jugaba en uno de los filiales barcelonistas brillaban todos los signos de los elegidos. No tardarían en deslumbrar de forma cegadora.

A los 17 años debutó en el primer equipo de Barcelona. Cinco años después le acaban de conceder el «Balón de oro» al mejor futbolista europeo (o que juega en Europa), una distinción votada por periodistas de todos los países. No sería ninguna sorpresa que este mes la FIFA lo elija por su parte mejor jugador del mundo, trofeo que deciden los seleccionadores nacionales. A sus 22 años, Messi ha llegado a una cima, pero quizá no la más alta a que pueda aspirar.

Él, con toda la vida deportiva por delante, puede aspirar a cotas mayores, como la de ser un futbolista de época, a la altura de los más grandes o tal vez por encima de ellos.

Tiene unas condiciones fantásticas. Es muy rápido, muy bueno técnicamente y muy imaginativo. Arranca con la velocidad de un rayo y gira vertiginosamente; mejor que una estrella del ballet, porque es capaz de interrumpir en seco el giro y reanudarlo en sentido contrario. Con estas cualidades y una inventiva prodigiosa es capaz de salir de las encerronas más férreas, como un Houdini del balón, pero a velocidad supersónica. Y lo hace con la pelota pegada al pie, con microtoques que apenas la separan unos centímetros de la bola.

Siendo portentosas sus otras cualidades, ésta es particularmente prodigiosa. Hace algún tiempo Alfredo Di Stéfano -sólo dos veces «Balón de oro» porque el reglamento del trofeo impidió durante años que un futbolista pudiera repetir- ponía su lupa de experto en esa cualidad de Messi. «Lo estoy estudiando», decía con admiración.

Llegará a explicarlo, pero también a la conclusión de que esa habilidad es intransferible.

Si Messi es ya fantástico con el balón en los pies, ahora debe crecer en su relación con el equipo, al que puede ayudar más de lo muchísimo que ya lo hace. Le queda, por ejemplo, mejorar en el aspecto táctico.

Y progresar de cara a la portería. Ya lo está haciendo. Marca cada vez más goles. Pero aún no ha desarrollado del todo su capacidad finalizadora. No es sólo cuestión de instinto, sino también de maestría. Tira bien, aunque no muy fuerte. Muchos de sus goles los consigue porque se planta irresistiblemente ante el portero. Pero le queda explotar otras alternativas, como el disparo a distancia.

Con su 1,69 metros quizá no llegue nunca a ser un gran cabeceador, pero ya ha demostrado que puede saltar para marcar, como en la pasada final de la Copa de Europa.

En fin, se le adivinan más motivos para progresar que para estancarse. La pérdida de su condición física privilegiada -esa fulminante salida- y el agostamiento de su imaginación son los peligros que le acechan. De momento, sólo hipotéticos, como también lo es la falta de ambición, ya provenga del acomodamiento o de que se la imponga la dureza de los rivales, ante la que hasta ahora se ha comportado como un estoico, otra virtud más.

l Messi o Maradona

Ese rasgo plano de su personalidad, que se traduce en una expresión de esfinge sonriente, contrasta netamente con la desmesura, a menudo estrafalaria, que ha sido norma de conducta de quien es, por ahora, su rival ante la Historia, y, por desgracia, su seleccionador: Diego Armando Maradona. ¿Llegará a superarle?¿O tal vez le ha superado ya? Los dos son zurdos, los dos imaginativos, los dos con inventiva genial. Maradona tenía tal vez mejor toque y mejor desplazamiento de balón en largo. Messi es mucho más rápido y con mejor físico.

Se puede comparar -ya se ha hecho muchas veces- sus dos goles supremos, el que Maradona marcó a Inglaterra en México en las semifinales de un Mundial y el que Messi hizo al Getafe en el Camp Nou en un partido de Liga. En el gol de Maradona sólo hay un momento de apuro, al inicio de la jugada, cuando recibe el balón de Enrique en el centro del campo. Le entran entonces dos contrarios y se los quita de encima con un amago y un giro perfecto mientras pisa el balón. El resto de la jugada es un ejercicio de conducción del balón, con más seguridad que velocidad, que no la exige la colocación de los jugadores ingleses, que están dispuestos sobre el campo como fichas en un damero. Maradona las va comiendo de una en una, acelerando progresivamente hasta que se planta ante Shilton, al que desborda hacia afuera para tirar luego a puerta vacía.

El gol de Messi ante el Getafe se inicia con mucha más dificultad. No sólo parte de una posición imposible en la banda, donde le cierran muy encima tres contrarios, sino que éstos le oponen una resistencia sañuda cuando logra abrir un camino entre los tres e inicia la escapada. Pero se va pese las tarascadas que le lanzan y corre a toda velocidad hacia la portería. Frente al área le espera, bien situada, la defensa, pero la supera en un eslalon vertiginoso, tras el que se planta ante el portero, al que dribla también hacia la derecha para marcar a puerta vacía.

La comparación no es homogénea, reconozcámoslo. No es lo mismo tener enfrente a una selección nacional que a un buen equipo de Primera División (el Getafe entonces lo era), pero me gustaría llamar la atención sobre un detalle. Cuando, tras desbordar a Shilton, Maradona toca el balón para mandarlo a puerta, llega tan forzado que, tras el toque, rueda como una pelota. Messi, en cambio, toca suelo con la rodilla y se incorpora de inmediato. Se mantiene dueño de la situación no sólo de principio a fin, sino también después del fin.

Maradona llevó hace poco tiempo a Messi a Rosario con la selección argentina. La albiceleste perdió y Messi no jugó bien. Dicen que, entre otras cosas, porque no jugó en su sitio. Los rosarinos, que sólo conocen a Messi a través de la televisión, se quedaron decepcionados. Quizá muchos de ellos comparten el descreimiento que parece proyectar sobre el barcelonista el descomunal egotismo del actual seleccionador. Da la sensación de que esa suspicacia de los suyos ha podido herir a Messi y eso explicaría su crisis de los últimos partidos. Pero problablemente se rehaga y vuelva a ser pronto el futbolista deslumbrante con gesto de esfinge feliz.

Rosario, con un millón de habitantes, es la segunda ciudad de Argentina. Se siente orgullosa de ser la cuna de la bandera nacional, como se pregona en su principal monumento. Pero también se sentirá orgullosa, si no se siente ya, de ser la patria de Leo Messi.

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