J. J.
Gijón, Nacho AZPARREN
Borja Navarro curaba el pasado viernes con el médico sus heridas de guerra tras entrenarse con el primer equipo. Entonces recibió la gran noticia. «Entró Preciado y le dijo al médico que me tratara bien porque iba a entrenarme con el primer equipo hasta nuevo aviso. Me entraron ganas de llorar de alegría y de darle un abrazo, pero me contuve», relata el propio Navarro.
Y eso que sus primeros contactos con el equipo de Preciado no fueron precisamente exitosos. Hace un mes, tras un balonazo de Sastre, sufría un fuerte esguince de tobillo que le hizo salir del césped de Mareo con lágrimas en los ojos. La semana pasada fue una contractura la que le impidió rendir al cien por cien. Pero, paradójicamente, fue en la camilla del doctor donde recibió la mejor noticia posible. Todo lo que recuerda a partir de entonces hace que se le ilumine la cara. «El entrenador me dijo que no jugaría el domingo pero que fuera al vestuario antes del partido», recuerda, «ver a Kanouté o Navas a escasos centímetros es increíble».
De vuelta a la rutina, Navarro se va adaptando poco a poco al ritmo de un fútbol más competitivo. «Es normal que me cueste al principio porque el salto de calidad es muy grande. El que más me ha sorprendido es Diego Castro, que tiene un gran desborde. El año pasado jugaba con los juveniles y ahora fíjate donde estoy», asegura el ariete. En cuanto a su integración en el grupo, Navarro ha tenido buenos anfitriones: «Todos han sido muy agradables conmigo. Canella y Luis Morán me han ayudado desde el principio, Gregory me ha dado unos consejos muy útiles, Kike Mateo también me orienta...».
El sueño de entrenarse con el primer equipo ya lo ha cumplido, el siguiente paso es el debut. Valladolid puede ser una gran ocasión.