Gijón, Mario D. BRAÑA
El empate no estuvo bien ni mal, sino todo lo contrario. El 2-2 dejó al sportinguismo con esa extraña sensación de no saber a qué carta quedarse: lamentar los dos puntos que volaron de El Molinón ante un rival directo, o alegrarse de haber roto una racha de derrotas que empezaba a ser preocupante. Porque el juego del Sporting, a tenor con el resultado, no fue ni bueno ni malo. Llevó el peso del partido, contó más y mejores oportunidades, pero estuvo de principio a fin al borde del abismo. Todo le cuesta más últimamente al equipo de Preciado. Para lo que antes resolvía de un plumazo, ahora insiste una y otra vez. Sobre todo por la inoperancia de la gente de arriba, que obligó ayer a dos defensas, Gregory y Canella, a sacar las castañas del fuego.
Los problemas del Sporting se adivinaban desde la tabla de alineaciones. Preciado, que hacía tiempo que no sorprendía con alguna originalidad, dejó en el banquillo a Míchel, pese a que no podía contar con su compañero habitual, Rivera. En otro momento tampoco sería tan extraña la pareja Matabuena-Camacho, pero tal como están las cosas era una apuesta muy arriesgada. Son jugadores a los que les cuesta coger la forma y, por unas causas u otras, ambos están lejos de su mejor momento. Sobre todo Matabuena, que pagó su mal primer tiempo con una sustitución cantada desde que Míchel se puso a calentar.
Los problemas del Sporting hasta el descanso fueron más allá de éste o aquel jugador. Tuvieron que ver con el funcionamiento colectivo de un equipo al que le cuesta llegar arriba combinando, sobre todo cuando el rival se adelanta y puede esperar tranquilamente en su terreno. Con tanta acumulación de jugadores, sólo tiene dos alternativas: balones largos a Barral o la entrada en funcionamiento de la conexión De las Cuevas-Diego Castro.
Escasos argumentos incluso frente a equipos como el Málaga, que no dio ninguna sensación de solidez. Se adelantó a la primera, la única vez que Canella se vio superado, y después se limitó a verlas venir.
Eso y las continuas triquiñuelas para perder tiempo parecía suficiente para marcharse con ventaja al descanso. Pero los malaguistas fueron víctimas de su falta de ambición. Cumplidos los dos minutos de descuento que decretó el árbitro, Maldonado lanzó un córner al corazón del área, donde una vez más apareció la imponente figura de Gregory. El francés saltó más que nadie y clavó el cabezazo casi por la escuadra de Munúa, que se fue al vestuario echando pestes.
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