ÁLVARO FAES
A media tarde Fernando Alonso salía de la sala de prensa preparada en Madonna di Campiglio con una sonrisa en la boca. Impecable, de rojo Ferrari, con la gorra del equipo calada, tejanos y zapatillas de deporte, portaba una gran fotografía en la que se le veía esquiando. Era de unas horas antes, de su primer contacto con la nieve en la espectacular fiesta invernal de la Scuderia. Formó una comitiva con Felipe Massa y Giancarlo Fisichella, sus compañeros en la casa roja. Con ellos, un tropel de acompañantes, la guardia pretoriana de los pilotos. Representantes, agentes de prensa, oficiales de Ferrari y monitores a sueldo de la escudería durante una semana mágica en los Dolomitas.
Fisichella domina la situación, tiene un estilo depurado. Y Massa no lo hace del todo mal. Un brasileño en la nieve, difícil combinación, surgida desde que se convirtió en el escudero de Schumacher. Un veterano monitor de la estación dice que ha mejorado mucho. Alonso no desentona entre los expertos.
«Va muy rápido, es muy difícil seguirle». Lo dice uno de los acompañantes del asturiano. Todavía no conoce su monoplaza de este año, pero empieza la temporada con el pie a fondo. No se esperaba a nadie al bajar del telesilla. Directamente a la primera pista, lanzado colina abajo. «A lo mejor compito en los próximos Juegos de Invierno», decía burlón con su flamante foto bajo el brazo.
Por la noche participó en una bajada con antorchas. Espectáculo de luz en la oscuridad de la montaña, entre abetos centenarios, bajo un cielo negro azabache. Alonso al mando. El nuevo líder de Ferrari marca la pauta.
Antes de esquiar, el piloto subió a la cota de 2.000 metros (el pueblo de Madonna di Campiglio está a 1.520) para el almuerzo. Que no falte la pasta, uno de los pilares en la dieta del piloto. En el albergue Zeladria tomó fuerzas y poco después salió a la nieve. Casco blanco, gafas de ventisca, mono rojo y la eterna sonrisa que luce desde que entró en el universo del «cavallino».
Un tractor de nieve le acercó hasta la pista. Había que agarrarse a una de las sogas enganchadas a la oruga para ganar unos metros a rastras y empezar a esquiar. El primer reto, «Amazonnia», una pista negra, de dificultad alta. Los más cercanos al ovetense dicen que nunca ha tenido un profesor de esquí. Alguno duda de su estilo, pero nadie de su velocidad. Como le pasa con otros deportes, el esquí lo ha cogido al vuelo. No quiere desvelar cuánto tiempo hace que lo practica, pero no hay duda de que la preparación para esta semana ha sido intensa.
Sin descanso, alguien propone una de las pistas más difíciles de Madonna di Campiglio, la «Michael Schumacher», de calificación negra y con un desnivel máximo del 70 por ciento. ¿Llegará el día en que le coloquen a una el nombre del asturiano?
Posteriormente, en el Centro de Congresos de Madonna di Campiglio, Fernando Alonso descansa recostado sobre almohadones rojos y blancos. Consulta el teléfono móvil, envía mensajes y atiende con amabilidad a quien se acerca para saludarlo. No tiene nada que ver con el piloto de las carreras. Aquí no hay tensión, pero su carácter es el de siempre. Su cerebro, rápido como pocos, procesa todos los datos. Al saludar pregunta por la odisea vivida por el periodista entre Barajas e Italia, con aterrizaje en Génova y aventura de madrugada por carretera.
Las paredes están repletas de imágenes. Un tipo con el uniforme oficial de la semana retira algunas y empieza a colocar las hechas un rato antes. Fernando Alonso ya está en muchas de ellas.
Se echa de menos una comparecencia oficial, escucharle como piloto de Ferrari. No será hasta mañana. Hoy es el turno del jefe de equipo, Stefano Domenicalli. Vale que el asturiano es la nueva estrella, pero el escalafón es el escalafón.
Está feliz descubriendo su nueva casa. Ha confesado a sus íntimos que lo quiere es correr de una vez, aunque esto del esquí le divierte. Pasan diez minutos y Alonso pierde intimidad sobre los cómodos almohadones. El jefe de prensa de Ferrari se acerca para comprobar que todo va bien. Un fotógrafo acribilla al piloto con el flas. Más allá, un italiano prepara una cámara de televisión. Su representante vigila la escena. El piloto asturiano no se inmuta. Sigue sonriente, divertido y recostado en el cómodo sofá. Disfruta de su vida en rojo. Ya es uno más en Ferrari. Y de los importantes.