Madonna di Campiglio (Italia), Álvaro FAES,
enviado especial de
LA NUEVA ESPAÑA
Seguir el ritmo de Fernando Alonso montaña abajo es complicado. No es el mejor esquiador que se haya visto, ni se le acerca. Escaso motivo para no bajar a toda velocidad. Su técnica desvela que no hace demasiado que se ha puesto los esquíes pero tiene el toque especial de los deportistas. En poco tiempo se pone al día, quema etapas y se ve fuerte sobre las tablas. Por eso no le da tiempo a asimilar los conceptos más técnicos. Puede ir muy rápido y se divierte así. Lleva dos días bajando pistas a un ritmo infernal. El martes por la tarde le registraron a 90 kilómetros por hora. Su físico privilegiado le ayuda. La fuerza de sus piernas le mantiene erguido y aunque se desliza demasiado inclinado hacia atrás, no se cae en toda la tarde.
Tres profesores contratados por Ferrari refuerzan el grupo del ovetense. Su representante, Luis García Abad, le acompaña. Giancarlo Fisichella, su viejo compañero en la etapa gloriosa de Renault es el que mejor estilo luce. El agente del italiano no quita ojo a su protegido. También es bueno. Se estremece cuando «Físico» pasa sobre una placa de hielo y pierde el control. Un buen golpe. Alonso también besó la nieve, pero fue después de intentar un salto imposible. Al menos la foto quedó bien. Los turistas, no demasiados en plena temporada baja, se quedan ojipláticos al paso de la comitiva. Bajan como obuses. Cuando se quieren dar cuenta de que han tenido ante sus ojos al mismísimo Fernando Alonso es tarde para reaccionar. No hay descanso. Termina la bajada y directos al remonte. Arriba, una espera de apenas medio minuto para el reagrupamiento. Y otra vez montaña abajo. Escogen las pistas más propicias para su estilo. Van a tumba abierta.
En la breve espera al final de un remonte, unos esquiadores reconocen al asturiano. Locura. Se forma un enjambre de veinte personas. Fotos a diestro y siniestro. Fisichella pasa como una centella y nadie le reconoce. Alonso se despide de los aficionados y persigue a su compañero: «¡¡Fisiiii!!», grita Alonso. Y se lanza tras el italiano. La noche anterior no se trataba de correr. El tradicional descenso con antorchas fue un espectáculo. A las doce de la noche y a 2.100 metros el termómetro se acerca a los diez bajo cero. La pista se iluminó con cientos de puntos de fuego. Una máquina había pisado la nieve minutos antes para evitar sustos. Del cielo caían copos. Un chollo para los fotógrafos. Alonso descendió despacio y sin bastones, con cuidado de no chocarse contra nadie. Un tipo esquía marcha atrás mientras graba con una cámara. Se sirve de un potente foco que ilumina la escena. Es parte del staff de Ferrari. Imágenes para la historia, el primer descenso de antorchas del nuevo piloto.
En Madonna di Campiglio pueblo (1.500) metros aguardan cientos de curiosos con la mirada clavada en la montaña. Disfrutan del espectáculo, decenas de lenguas de fuego entre la nieve y en plena noche. Termina el espectáculo y Alonso inicia el ritual de fotografías. Sería curioso conocer cuántas le habrán hecho cuando termine la semana y regrese a casa. No niega un saludo. Está radiante. Pero quiere mejorar su relación con el esquí. «¿Qué tal me has visto?» pregunta a un experto al terminar el día de nieve. Y comienza la lección teórica.