Madonna di Campiglio,
Álvaro FAES
Revuelo en el refugio de Patascos, 2.000 metros de altura. El albergue está repleto, pasta para comer, pilotos, periodistas e invitados en mesas contiguas. Fernando Alonso se prepara para retomar la sesión de esquí cuando la calma se altera. Aparece Bernie Ecclestone, el capo de la Fórmula 1 para almorzar con el director de Ferrari, Stefano Domenicali. Fotos, empujones, risotadas? todos tienen algo que decirle al dueño de la Fórmula 1, la cabeza que ha cincelado a golpe de ideas geniales (algunas, no todas) un negocio inigualable alrededor de una carrera de coches. Horas después, el mismo descontrol se apodera del centro de Convenciones de Madonna di Campiglio, donde los medios tienen su base. Otra vez aparece Bernie para responder unas pocas preguntas.
No hay manera de que se moje. «¿Quién ganará el Mundial, Alonso o Schumacher?» No se decanta. «Cualquiera de los dos puede hacerlo, pero no solo ellos, hay tres o cuatro pilotos que lucharán por el título». Ecclestone pone una equis en la particular quiniela que todos plantean cuando la pretemporada apenas ha comenzado. Al jefe del circo le gustan los pronósticos y también asegura que, de las escuderías nuevas que saldrán este año, «dos tendrán muchos problemas para poner el coche en Bahrein», sede del primer Gran Premio. Está contento porque la cosa marcha. El Mundial reunirá por primera vez en muchos años a cuatro campeones. El fichaje de Alonso por Ferrari, el retorno de Schumacher, dos ingleses (Hamilton y Button) en McLaren? Las expectativas no pueden ser mejores.
Bernie Ecclestone es un imán de personas allí donde aparece. El centro de convenciones se revoluciona igual que el albergue del almuerzo.
Lleva pantalones negros de vestir idénticos a los que luce en las carreras junto a su eterna camisa blanca. Pero de cintura hacia arriba va de rojo, con una de las cazadoras del Wroom 2010, el encuentro invernal que monta Ferrari todos los años en la estación de esquí dolomítica. El momento para una de sus famosas ocurrencias llega cuando le preguntan si será posible un campeonato con más espectáculo que el último. «Habría que poner atajos en los circuitos para que un piloto pudiese usarlos cuando otro monoplaza le esté bloqueando. Podrían usarlos un número limitado de veces por carrera». La risotada fue general.
El espectáculo de Ecclestone no había terminado. Enfundado en su chupa roja, se subió a la Ducati que llevarán Stoner y Hayden en el Mundial de Moto GP. Le acribillaron con los flashes, más intensos todavía cuando se le acercó Fernando Alonso. Hubo confesión al oído del piloto, que posó con el jefe de las carreras, todavía subido a la moto roja. Bernie se fue y el piloto asturiano se recostó en un puf blanco, su rincón favorito de los últimos días. Aguardaba a la hora de la cena, marcada a las siete de la tarde.