LUIS M. ALONSO
El escritor Nick Hornby confesó en «Fiebre en las gradas» que se había enamorado del fútbol como más tarde lo haría de las mujeres: de repente, sin explicación, sin hacer uso de sus facultades críticas, sin ponerse a pensar para nada en el dolor y en los sobresaltos que la experiencia traería consigo. Así ocurre frecuentemente entre los enamorados. Por esa inconsciencia de las pasiones han existido y existen, por ejemplo, personas dispuestas a pasarlo cien veces mal y una estupendamente con el Atlético de Madrid. Es verdad: el del fútbol, mucho más allá que la simple afición a un juego, llega ser amor incontrolado. Las pasiones que desata, y bien conoce Hornby por su incondicionalidad al Arsenal, lo consumen, a veces todo, incluyendo el tacto y la razón. Otro escritor, Eduardo Galeano, habló de la melancolía que todos sentimos después del amor y cuando concluye un partido.
El fútbol es un juego melancólico y apasionante, vale. Pero es la pasión que despierta todo aquello que no pertenece exactamente a la lógica del juego lo que hace de él un terrible manicomio. En los años treinta del siglo pasado, un hincha de un equipo rival del Vasco da Gama, de Brasil, enterró un sapo con la boca cosida en el campo de este último y profirió la maldición de que los locales no ganarían un título de Liga en diez temporadas. A lo largo de años, seguidores y hasta jugadores del equipo carioca cavaron en el césped a la búsqueda desesperada del sapo. No lo encontraron. Aquello sólo sirvió para que más de un jugador se lesionase por pisar un terreno surcado por la superstición. Que el Vasco da Gama no hubiese obtenido ningún título entre 1937 y 1945 habrá que atribuirlo a otro tipo de razones; sin embargo, la maldición del batracio figura como uno de tantos fenómenos paranormales del fútbol.
Esta paranormalidad, cualquiera lo sabe, no hay que buscarla sólo en las altas temperaturas tropicales, sino que la encontramos cerca; únicamente el fútbol es capaz de haber puesto en pie a cientos de ingleses en un estadio para cantar «La Marsellesa» sólo por el amor que le profesaban a su ídolo, un francés tan impetuoso como genial llamado Eric Cantona que protagonizó destacados episodios en el teatro de los sueños de Old Trafford. Sólo así se explica que haya tantos hinchas, dirigentes y futbolistas que prefieran ganar sin honor a perder noblemente y como es debido, que la leyenda de Maradona creciese con aquel gol ilegal frente a Inglaterra del Mundial de 1986 hasta ser considerada la mano con que lo metió la mano de Dios, o que sujetos despreciables como Bilardo hayan llegado tan alto por haberse dedicado a pinchar con un alfiler a los contrarios en sus tiempos de jugador y negarles el agua cuando ya dirigía un banquillo. Sólo así se podría entender la paranoia de todos estos días atrás en el caso de un ex futbolista del Oviedo que, perturbado por la pasión irracional de los hinchas del equipo de su ciudad en el que militó y los del eterno rival, el Sporting, decidió no estampar finalmente la firma de un contrato que doblaba sus ingresos anuales y le permitía jugar los próximos cuatro años en la Primera División, algo que hasta ese momento le había resultado inalcanzable. Y que esa decisión sea considerada como un gesto indiscutible de lealtad y amor a unos colores por un sector de la hinchada, donde se encuentran seguramente algunos de los que le presionaron o amenazaron para que no diera el paso, conscientes o no de que lo que hacían era perjudicarlo profesionalmente.
Luis Figo, cuando volvía al Camp Nou como jugador blanco después de una primera etapa en el Barça, era recibido con una lluvia de objetos desde la grada por los energúmenos que veían en aquello una traición. Le llegaron a arrojar una cabeza de cerdo disecada. Al asturiano Luis Enrique, de espíritu fogoso, tampoco se puede decir que le pusiesen una alfombra roja en el Bernabeu. La historia del fútbol está llena de casos irracionales de incomprensión. Uno de los más llamativos fue el del escocés Mo Jonhstone, de origen irlandés y católico, al que fichó el Rangers de Glasgow después de haber jugado en el eterno rival, el Celtic, y que, en medio de una encarnizada guerra política y de religiones que sobrepasa el estamento del fútbol, tuvo que mudarse a Edimburgo y, más tarde, exiliarse a Estados Unidos. En Glasgow le odiaban: unos por considerarle un traidor y otros, un intruso.
Lo que ha pasado todos estos días por la cabeza de Michu hasta que el Sporting dijo basta y empezó a hablar de Lola -cabe puntualizar que se trata de otro futbolista- es algo que sólo él sabrá. La decisión de firmar o no por el equipo tradicionalmente rival era suya, lo peor de todo es que no haya podido tomarla libremente sino sujeto a las pasiones exentas de razón. Otros cuarenta antes que él, desde Herrerita a Iván Iglesias, lo hicieron, en una y otra dirección jugando primero aquí y luego allá.
El fútbol es así: más de una vez nos saca los colores por los comportamientos que lo rodean y, sin embargo, no podemos dejar de amarlo.