PEDRO ZUAZUA
PERIODISTA
Miguel Pérez Cuesta, «Michu», se dio a conocer a todo el oviedismo en el verano de 2003. Hasta entonces había pasado casi desapercibido para el público general. Formaba parte de una gran generación de jugadores y eran otros los que se llevaban la fama. Sin embargo, los técnicos de la cantera y los asiduos de la ciudad deportiva azul siempre lo tuvieron muy claro: el que mejores condiciones tenía era Michu. Era bueno técnicamente, era fuerte físicamente, era noble, buen discípulo y, por encima de todo, era un chico normal, sin delirios de grandeza.
El azar quiso que la primera jornada de Liga de la División de Honor juvenil enfrentara ese año al Real Oviedo con el Sporting. El primer juvenil de Gijón llegaba reforzado por varios jugadores oviedistas que, ante los problemas del club, habían decidido cambiar de equipo. El Oviedo le metió seis goles a su eterno rival, y Michu fue el autor de tres de ellos. Ese partido lo jugó con pasión, con rabia, con maestría y con respeto hacia el rival. Exactamente igual que ha llevado el tema del interés del Sporting en su contratación.
La semana pasada fue una de las más largas en la vida del jugador del Celta. Desde que se hizo público el interés del Sporting se produjeron unos acontecimientos que en algunos casos muy concretos trataban de presionar al jugador y de hacer daño a su entorno. El problema de Michu radica en que es un chico normal que tiene la suerte, o la desgracia, de ser futbolista. El chico es tan normal que, hasta ahora, no tenía más representante que su padre, y el cacao llegó cuando, en un mundo como el fútbol, plagado de dinero, intereses e imágenes públicas, llegó una persona que no hablaba el mismo idioma que el resto. Acostumbrados a que el dinero lo sea todo y a que todo el mundo tenga un precio, algunos recurrieron a tácticas de presión muy feas para evitar que ese chico normal les diera una lección de dignidad. Y esa presión no salió, en ningún momento, de su entorno familiar, a menos que presionar sea hablar tranquilamente con el chico, exponerle los pros y los contras del posible fichaje y arroparle en todo momento.
Michu siempre tuvo claro que no quería ir al Sporting, como también tuvo siempre claro que no quería faltar al respeto a nadie. Con cada negativa del jugador, el equipo rojiblanco subía su oferta y mejoraba las condiciones. No parecían entender que no era una cuestión de dinero, sino de sentimiento. Tal vez un representante profesional hubiera cortado por lo sano y hubiera dicho «no es no, y punto», ahorrándose así unos días extra de idas y venidas, pero la familia, en su intento de no ser descortés con nadie, se vio envuelta de repente en una ola de información para la que no estaban preparados y de la que salían, cada día, mentiras y datos malintencionados. De hecho, Michu fue tan sumamente educado que incluso habló con Manolo Preciado para darle las gracias por sus palabras de apoyo en la rueda de prensa. Lo cortés no quita lo valiente.
Al final, lo que queda de esta historia es que un chico de 24 años ha roto los esquemas que imperan hoy en el mundo del fútbol. Ha rechazado un pastón y jugar en Primera por motivos sentimentales, se ha mantenido en silencio en todo momento a pesar de que leía y oía cosas que no eran ciertas y ha demostrado que no todo el mundo entiende la felicidad como ser rico y famoso, y que a veces es más importante estar de acuerdo con uno mismo.
Algunos achacan al jugador falta de profesionalidad. ¿Habría sido profesional ir a jugar a un equipo sabiendo que esa opción le planteaba serias dudas y que no iba a ser capaz de dar lo mejor se sí mismo? No, eso hubiera sido ser un estafador, y posiblemente ser uno más de los jugadores de fútbol a los que un contrato puede llevar a cualquier lugar. Michu tenía clara su decisión y llevándola hasta el final ha sido honesto con todo el mundo.
Se podrán decir muchas cosas sobre esta historia, cada uno podrá creer la versión que más le convenga, pero lo cierto es que Michu ha demostrado que en el fútbol todavía se puede creer en el sentimiento verdadero. Y eso es algo que, a buen seguro, agradecerán también los verdaderos aficionados sportinguistas. La clave no está en que Michu haya dicho que no al Sporting, sino en que ese chico normal, que en 2003 se convirtió en un símbolo del oviedismo, haya dado una esperanza a todos los amantes del fútbol, que ahora podemos creer, un poquito más, que existe gente que es de verdad, con sentimientos que no tienen precio.