Alcorcón (Madrid),
Miguel LÓPEZ
Hace menos de tres meses, el 27 de octubre del año pasado, a la España futbolera le invadió la curiosidad por un humilde equipo que, probablemente, nunca pensó que se iba a reparar en él. La culpa fue del Real Madrid, ese torbellino que convierte en noticia todo lo que toca y que a veces reparte protagonismo. Aquel día, conocido como «Alcorconazo» ya para los siglos de los siglos, el blanco impoluto madridista, ese tejido millonario y galáctico, se arrodilló ante el chillón amarillo de barrio del Alcorcón, más llano y más proletario. El 4-0 de aquel duelo fue más que el triunfo de David contra Goliat, fue el de la ilusión frente a la desgana, el de la grandeza del fútbol.
Antes de aquella explosión de popularidad, el Alcorcón era un desconocido conjunto de Segunda B que no había pasado del empate (1-1) en el Carlos Tartiere. Los de memoria privilegiada y los seguidores del fútbol más modesto recordarán si acaso que se trata del mismo equipo que la temporada pasada se quedó a las puertas de Segunda División al caer en el último partido de liguilla frente al Real Unión de Irún. Aquella fue, con permiso del citado acontecimiento frente al Madrid, el mayor logro de su historia, iniciada en 1971.
Representante de una localidad del sur de Madrid (167.000 habitantes aproximadamente) y veterano en Segunda B -cumple este año la décima temporada consecutiva en la categoría-, el Alcorcón deambuló sin pena ni gloria por Regional Preferente y Tercera durante casi 30 años. El grupo amarillo reunía más a compañeros y amigos de barrio que a profesionales con interés de vivir del balón.
A diferencia su rival del domingo, su identidad responde más al empeño de su fundador, Dionisio Muñoz Jerez, que a la obligación de cargar con una pesada historia y pertenecer al sentimiento de más de 12.000 socios y de una capital entera de una comunidad autónoma. Cuentan los madrileños con un millón de euros de presupuesto, la mitad del que ostenta el Oviedo (2,2 millones), una cantidad, en cualquier caso, generosa para la categoría. Respaldado con una nómina de unos escasos 800 socios, la media de asistencia semanal pocas veces alcanza el medio centenar de espectadores en un estadio, el Santo Domingo, compuesto de 3.000 butacas (sin gradas supletorias, claro), 27.000 menos que las existentes en el coqueto Carlos Tartiere. Alejado del foco mediático, sólo despierta la atención en los espacios regionales de los medios de comunicación de Madrid y sus crónicas no tienen más repercusión que en un foro digital («Los deportistas del barrio») que hace las veces de punto informativo principal de sus andanzas balompédicas en la Liga.
En su plantilla se intercalan profesionales con estudiantes, electricistas con fontaneros y mecánicos. Borja Pérez es el jugador que más cobra, con un sueldo bruto de 34.000 euros brutos anuales, según aproximaciones del cuerpo técnico del club. Sobreviven económicamente, entre otras cosas, gracias al patrocinio de Soncar, la empresa del presidente, que aporta unos 300.000 euros cada temporada, más por amor al arte que por propia rentabilidad.
Todo esto es el Alcorcón, un equipo cuyo principal activo proviene directamente del césped. Líder de la categoría (40 puntos) con un partido menos (como el Oviedo), es, junto a los azules y la Gimnástica de Torrelavega, el equipo menos goleado del grupo II. Su sueño en la Copa del Rey lo echó por tierra el Racing de Santander en octavos de final, pero su participación en la competición quedó de sobra amortizada aquel día en que el fútbol español le hizo un hueco en primer plano.