MELCHOR
FERNÁNDEZ DÍAZ
Desde que las sociedades anónimas deportivas, antes clubes de fútbol, decidieron sacrificar la identidad de los equipos en el altar de la mercadotecnia ya no se sabe antes de un partido con qué uniforme va a comparecer el equipo visitante. Con los colores del local no se han atrevido todavía, pero todo se andará. Al Racing de Santander le tocaba ayer disfrazarse por mor de la venta de la segunda equipación, o de la tercera, quién sabe. Después de jugar infinidad de veces en El Molinón vestido con camiseta blanca y pantalón negro ayer lo hizo mitad de verde y mitad de negro, pero en vertical. Si un jugador se ponía de perfil se le veía todo de verde o todo de negro, según para qué lado mirase.
Esos mismos colores podrían utilizarse para definir la impresión que causó el Sporting: por completo desalentadora la del primer tiempo y abierta a la esperanza, después. En el primer tiempo el Racing dio un completo repaso a los rojiblancos, superándolos en todos los aspectos. El equipo de Miguel Ángel Portugal partió en dos al de Manuel Preciado y estuvo en condiciones de comérselo crudo. Diop y, sobre todo, Colsa se adueñaron del centro del campo y crearon las condiciones para que sus atacantes pusieran en evidencia una debilidad que no se había conocido este año a la defensa rojiblanca. Hasta ahora la zaga gijonesa, y en especial sus centrales, había dado sensación de ser capaz de levantar, con su potencia y su estatura, una muralla de solvencia más que estimable. Pero Tchité, impresionante por su movilidad, velocidad y decisión, bien secundado además por el otro delantero, Geijo, se hartó de encontrarle grietas. Nunca en lo que va de temporada en El Molinón un equipo cogió tantas veces la espalda a los centrales gijoneses. Por suerte para el Sporting, al Racing le faltó puntería en esta fase en que le superó por completo, pues las escapadas racinguistas acababan en tiros desviados o en remates conjurados in extremis, como el cabezazo de Seijo que Gregory sacó bajo los palos. Pero la suerte rojiblanca no fue completa porque al menos el Racing acertó una vez. Tchité desnudó esta vez a Canella y de un balón que le robó sacó una colada por la banda y un centro que esta vez sí aprovechó Geijo.
La montaña a la que el Sporting se enfrentaba en la segunda parte parecía superior a lo que representaba esa diferencia mínima en el marcador, pero el descanso supuso esta vez un punto de inflexión. Y eso que Preciado, fiel a su costumbre, retrasó los cambios hasta el filo del minuto 65. Sólo entonces relevó a Diego Camacho y De las Cuevas, que habían ocupado muy poco campo, escasez de aportación que resultaba aún más notoria ante la movilidad del Racing. Con jugadores más dinámicos, como Carmelo, las líneas más juntas, tirando de voluntad y siempre con el dinamismo de Rivera como motor principal, el Sporting pasó a tener más tiempo el balón y a situar su centro de gravedad más cerca del área cántabra, donde Bilic aportaba, además, su buen juego de espaldas a la portería para aguantar el balón y hacer aperturas a la banda. Así llegaron algunas ocasiones, la más clara la del debutante Portilla, conjurada de forma poco menos que milagrosa por Coltorti. La inercia del partido había cambiado. El Racing ya vivía de rentas, aunque fueran mínimas. Con sus figuras -el veterano Munitis y la estrella emergente Canales- al fin en el terreno, no fue capaz de sacar partido de los riesgos a que se expuso al Sporting, para el que su entrenador ganó atacantes (Bilic) a costa de improvisar en Botía un lateral izquierdo. La última ocasión, un tiro raso de Luis Morán en el minuto 86 que se escapó junto al poste, fue del Sporting.
El Racing tenía bastante, sin embargo, con conservar su gol de ventaja, que le daría una victoria muy valiosa, como lo hubiera sido para el Sporting, que, con todo, acaba la primera vuelta un punto por encima de los santanderinos y en una situación que sigue siendo confortable, aunque más por las rentas acumuladas al principio que por lo conseguido en las últimas jornadas, en la que ha perdido fiabilidad, tanto por el juego como por los resultados. Ayer, por las dos cosas.
PORTILLA.- Cristian Portilla jugó ayer por primera vez con el primer equipo del Sporting. Y su presentación estuvo a punto de ser la soñada por cualquier jugador: salir y marcar un gol. Llevaba quince minutos en el campo cuando, en el minuto 79, se le presentó la gran oportunidad. Bilic había ganado un balón en el medio campo del Racing y lo había enviado hacia la banda derecha, a favor de la carrera de Luis Morán, que avanzó unos metros y, ya cerca de la línea de fondo, centró por alto sobre la portería del Racing. Ni Bilic ni Barral alcanzaron el balón, pero a sus espaldas llegaba Portilla, que había entrado en el área del Racing siguiendo la jugada, un mérito para un centrocampista. El balón le caía a media altura, la altura de la volea, el remate de mayor riesgo. Pero el debutante se atrevió. El zurdo Portilla fue capaz de controlar el movimiento a la perfección y logró un empalme impecable, duro y en la dirección adecuada. Estaba, además, tan cerca de la portería que cuando el balón salió de su bota pareció un gol seguro. Pero entre los palos estaba el suizo Coltorti, que no se entregó a lo irremediable. Para resistir, se transformó por un momento en un portero de balonmano. Abrió los brazos y las piernas y dio cara al balón que le llegaba. Tuvo la suerte de que le dio en el brazo izquierdo. Salió rebotado y Portilla se quedó sin un gol inolvidable. Por los detalles que se le vieron en el tiempo que jugó tendrá seguramente otros sueños a su alcance. Ayer cumplió uno, aunque, para lo que pudo ser, le quedará incompleto.
GOLEADORES EN CRISIS.-A Barral y a Bilic se les niega el gol. El gaditano lo intenta, pero no encuentra portería. Tras un primer tiempo escaso en oportunidades, porque fue una víctima más del juego directo de su equipo, al poco de comenzar la segunda parte tuvo la oportunidad de culminar la primera jugada vertical que ligaba el Sporting en el partido. La inició Gregory junto a la banda, tras tirarse al suelo para disputarle un balón a Tchité. Una vez que lo ganó, se lo adelantó a Diego Castro, que corrió hacia la portería del Racing, mientras Barral hacía lo mismo, en paralelo y a pocos menos, emparedado entre los defensas racinguistas. Castro aguantó perfectamente el balón y sólo se lo adelantó con precisión a Barral cuando éste aceleró el sprint. Gracias a tan buena coordinación, Barral pudo entrar en el área con el balón en los pies y la defensa a sus espaldas. Le quedaba superar al portero, que salió con decisión a su encuentro. Barral tiró entonces con la izquierda, cruzando el balón hacia el palo contrario. Pero el remate no encontró portería. Tampoco Bilic, el otro goleador rojiblanco, pudo marcar. De hecho, no tuvo ocasiones, aunque hizo por crearlas, con su acierto para recibir el balón en lucha con la defensa, conservarlo y darle una buena salida. Y en una ocasión dio una asistencia perfecta. Fue en el minuto 72, cuando se llevó un balón al córner y lo protegió con el cuerpo mientras, aprisionándolo bajo la suela de su bota, lo mantenía lejos del defensa que le acosaba. Desde esa posición Bilic gira y se escapa por la línea de gol o centra. Es una jugada que domina muy bien y que siempre culmina. Ayer lo hizo una vez más. Se quitó de encima al defensa y centró con fuerza por alto. El balón pasó por encima de los centrales racinguistas y llegó al segundo palo, donde estaba Barral, que cabeceó muy bien, con fuerza y buena dirección. Coltortí no tuvo otra opción que mirar. Para su suerte y la de su equipo el balón rozó la escuadra derecha de su portería y se marchó fuera. Y la crisis de los goleadores del Sporting se afianzó.