Gijón, Mario D. BRAÑA
Como es norma desde que Preciado aterrizó en Gijón, al Sporting se le empina de tal forma la cuesta de enero que se arriesga a sufrir las penurias de todos los años. Da igual que el rival sea grande o chico, que el partido sea en El Molinón o en la distancia. El Sporting juega poco, remata mal y, como suele ocurrir en estos casos, lo abandona hasta la suerte. Porque algo de eso hubo en la milagrosa mano de Coltorti, a falta de diez minutos, para desviar el remate a un par de metros de Portilla, el último debutante. Se supone que Portilla es el sustituto provisional de Míchel, pero ése es un hueco difícil de llenar. Rivera ya no da más de sí y Diego Camacho interpreta un papel indefinido. No resta mucho y es irrelevante en la elaboración. Como Botía se tragó el balón del gol y Barral sigue sin ver puerta, el resultado más lógico es la derrota del Sporting. Mal asunto con lo que se avecina.
Teóricamente, el Racing estaba cansado por el partido de Copa del jueves, que animó a Portugal a dejar en el banquillo a sus referencias ofensivas: Munitis, capitán general, y Canales, la estrella del momento. Supuestamente, el Sporting había tenido toda la semana para preparar el duelo frente a un rival directo, y Preciado podía contar con los once que, hoy por hoy, se postulan como titulares. En cuanto empezó a rodar el balón todas esas suposiciones se hicieron humo.
La ocasión de Luis Morán en el primer minuto, salvada por Coltorti, creó falsas ilusiones en la afición sportinguista. El juego que a partir de entonces hiló el Racing convenció a sus mil y pico seguidores de que, una vez más, El Molinón podía ser terreno abonado. El 4-4-2 de Portugal pesaba más que el 4-2-3-1 de Preciado, principalmente porque el centro del campo era cántabro. Diop y, sobre todo, Colsa dirigían las operaciones por el centro, Toni Moral desbordaba por la derecha y Serrano se movía sabiamente entre líneas partiendo desde la izquierda. Al Sporting, torpe e indeciso, le tocaba aguantar.
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