POR PEDRO RAMOS
El «villarato» está presente. Se nota y se siente. Entiéndase por «villarato» cualquier tipo de acción u omisión destinada a que el Barcelona gane la Liga o a que el Real Madrid no la gane. Esto del «villarato» se comenzó a acuñar el año pasado en la «caverna mediática españolista», que diría Juan Lapuerta. Pero ante la exhibición aplastante del equipo azulgrana las voces se silenciaron. En este curso académico han vuelto a surgir las mismas voces, que en algunos casos ya son un clamor, por los favores que una semana sí y otra también recibe el equipo nacionalista e independentista de ese presidente que el 13 de junio dejará de serlo (afortunadamente para Guardiola y para el barcelonismo). Éste no es el sitio para encadenar el largo listado de parabienes que recibe el Barça y el no menos extenso capítulo de perjuicios que soporta el Real Madrid. Ambos están sometidos a la misma disciplina de los jueces-árbitros, pero no reciben la misma justicia. Los señores de negro (o de amarillo o del color que más les guste) se están empezando a creer semidioses capaces de variar hasta el destino. Arropados por el amplio manto del «villarato», estos jueces futbolísticos tienen bula. Que sí, que se nota, se siente.
Una sola acción dio para hablar toda una semana. Un sólo jugador dio para llenar programas de radio, televisión y páginas de periódicos. Cristiano Ronaldo y su expulsión frente al Málaga son el más claro ejemplo de que con el «villarato» existen dos varas de medir. La falta la hizo el jugador del Málaga y la expulsión se la llevó el que salió perjudicado. Cualquiera que haya jugado al fútbol o simplemente sea espectador de sofá sabe que de ese tipo de acciones hay a docenas en cada partido y en cada categoría. Se trata de un movimiento habitual para tratar de zafarse del agarrón de un contrario e iniciar un contragolpe. En los saques de córner también hay situaciones similares a docenas con jugadores que dan codazos para quitarse de encima al defensa -o viceversa-. Sin embargo, es muy difícil pitar un penalti -o una falta en ataque- en una acción así. Los jueces-árbitros tienen miedo. Se ponen las gafas de madera para mirar hacia el área y la lupa de diez mil aumentos cuando la pelota está en el medio del campo. Es como si la justicia fuera distinta de día que de noche, en un campo que en otro, ante un rival o ante otro. Un asesino seguirá siendo un malhechor haya cometido su crimen por la mañana o por la tarde, en una ciudad o en una provincia. Un futbolista, no. Si se llama Cristiano Ronaldo es un demonio porque juega en el Real Madrid, porque costó 94 millones de euros y es el más caro del mundo, porque es muy bueno y por sí mismo puede variar el rumbo de un partido, en fin, porque el «villarato» es el «villarato». En cambio, si se llama Messi, ahí sí hay bula. La misma acción del argentino una semana antes hay que disculparla porque es que «todos van a cazarle y no le dejan jugar» o porque «hay que defender el fútbol espectáculo». Messi tuvo la inmensa fortuna de que con su forcejeo de brazos no atinó con la nariz del contrario y, por tanto, no se la pudo partir. Ésa fue la desgracia de Cristiano Ronaldo. ¿Hay algún mortal del signo futbolístico que sea que piense que el portugués tuvo ánimo de romperle la nariz a Mtiliga? ¿Hay alguien que piense que fue agresión? Lo dicho: dos varas de medir.
Dice la definición que un juez es una persona que tiene autoridad y potestad para juzgar y sentenciar. El error es humano y, por tanto, todo error debe ser disculpable. Y así debería ser siempre y cuando estos jueces-árbitros que pululan por los diferentes deportes -no es algo exclusivo del fútbol- se consideraran a sí mismos humanos y no semidioses o dioses capaces de empecinarse en el error aun a sabiendas de que lo están haciendo mal. A una persona le cuelgan un silbato para impartir justicia deportiva y se vuelve majareta. Se convierte en alguien inaccesible, chulesco, maleducado, malintencionado y, en algunos casos, barriobajero. Viene esto a cuento de lo sucedido en el Europeo de fútbol sala, concretamente, en el partido que la selección española disputó contra Rusia en cuartos de final. En la tanda de penaltis el francés Pascal Fritz, el croata Edi Sunjic, el rumano Bogdan Sorescu (tercer árbitro) y el polaco Jacek Ligienza (mesa) no se quisieron enterar de que España había marcado un gol de penalti. Suena a chiste. Todo el pabellón y todos los jugadores, técnicos y medios de comunicación lo vieron: el balón dio en el interior de la portería y salió. El árbitro principal dijo que había pegado en el larguero y los otros tres jueces-árbitros callaron. Demos por válido el error humano y que ninguno de los cuatro (qué casualidad) vio que la pelota entró. Cuando sucede algo así la prudencia aconseja ser humilde y no endiosarse. Los jugadores le indicaron que mirase el videomarcador, donde se estaba reproduciendo la jugada una y otra vez y se veía claramente el gol. Clamoroso. Pero la chulería fue la respuesta. Y una tarjeta también para un jugador español. En fin, que se tuvo que ir a otra tanda de penaltis y menos mal que al final se hizo justicia. España pasó y ganó el Europeo. Los jueces-árbitros, crecidos como semidioses y sin que se les pusiera la cara colorada de vergüenza, fueron expulsados al día siguiente. Menos mal que aquí no hay «villarato».
En pleno siglo XXI hay que sacar el mayor provecho de las nuevas tecnologías. Si el mundo tiende a leer libros en un tablet PC, a ver televisión en un móvil o a conocer en tiempo real lo que sucede en cualquier parte y desde cualquier ángulo, ¿por qué no hace lo mismo el deporte? El ejemplo que seguir está en el tenis. El genial tenista estadounidense John McEnroe era tan conocido por sus victorias como por su fuerte carácter, que le llevaba a protestar todas las bolas dudosas, reclamando que sí habían entrado o, por contra, que estaban fuera del límite. Ahora eso es imposible que suceda. El «ojo de halcón» es el mejor invento que ha desarrollado el tenis moderno. Cuando existen dudas el ojo que todo lo ve le indica al juez de silla si la bola pasó de la raya. No hay polémicas y los partidos son más limpios. Así, los jueces-árbitros son seres anónimos y no semidioses, y el protagonismo es para los tenistas. Por cierto, que uno de los mejores, Rafa Nadal, ha dado síntomas de debilidad porque su cuerpo está diciendo basta. Los esfuerzos se pagan y Nadal, retirado de Australia por lesión en una rodilla, ha perdido hasta el número 2. Cuidado.
Por primera vez en la historia España va a tener un representante en bobsleigh en unos Juegos Olímpicos. Ander Mirambell, de 26 años, logró su clasificación para los JJ OO de Vancouver 2010 no sin muchos esfuerzos. El bobsleigh es un deporte que consiste en deslizarse con una especie de trineo por un tobogán gigante en el que se alcanzan velocidades de hasta 140 km/h. Entre otros esfuerzos, Mirambell, para no resbalarse en el hielo, pegó raspadores de queso en las suelas de sus zapatillas para entrenarse. Esto es un ejemplo de que con trabajo y con tesón se pueden alcanzar las metas. Un ejemplo de humildad y no endiosamiento. Que tomen nota algunos jueces que se creen árbitros y dioses a la vez.