RAFA QUIRÓS
Imagínate que eres un púgil voluntarioso obligado a vértelas en el cuadrilátero con Cassius Clay, probablemente el mejor boxeador de todos los tiempos. Transcurridos tres o cuatro asaltos de tan desigual pelea, tu famoso contrincante te está dando la soberana paliza que cabría suponer, hasta que el árbitro, viendo que no acabas de irte a la lona, te pone la zancadilla y te pisa hasta completar el conteo.
Los árbitros de nuestra Liga de fútbol tienen esa rara tendencia a dirigir combates desiguales con arreglo al manual del perfecto abusón. Hace treinta años, el Madrid era una especie de Mike Tyson que golpeaba a sus rivales jaleado por la imparcialidad exquisita de Borrás del Barrio. Hoy reina en los estadios la formidable esgrima de Clay, que es el Barça de Guardiola. Si una noche no acaba de acertarte de lleno en el mentón con uno de sus célebres ganchos de derecha, o si tú tienes un Papa aparentemente infalible bajo los palos, no te emociones demasiado. Tarde o temprano entrará en acción Paradas Romero.
O Iturralde, o Pérez Lasa. O alguno de esos tipos vestidos de negro, incapaces de creerse lo que han visto cuando Messi deja de hacer filigranas por un segundo, sufre los efectos de un cortocircuito y te suelta una coz por detrás. En cierto modo, uno disculparía a los árbitros en su ingrata tarea de pitar partidos del Barça. Como el más frío y circunspecto magistrado que tuviera que juzgar a Charlize Theron, no debe de ser fácil concentrarte en el sumario teniendo ante ti a futbolistas como Xavi Hernández, ese tipo bajito a quien el circo mediático le viene negando los balones de oro y todas las escarapelas universales por no tener aspecto alguno de ser un «megacrack». En realidad, cuando el balón no está ante sus pies se parece a ese primo que tienes matriculado en un módulo de Informática.
Un árbitro que le pita partidos al hexacampeón vigente, el equipo de Charlize Theron, se desconcentrará viendo a Xavi echarse las manos a la cabeza, camino del banderín de córner, tras haber puesto cuatro balones de gol en cinco minutos ante la portería de Ezcurdia, a cual más sublime. Tiene que estar igual de desconcentrado aquel articulista de fondo que, justo antes de la llegada de Frank Rijkaard al banquillo del Camp Nou, escribió en un periódico de Barcelona que la obligada limpieza general debería empezar por Xavi Hernández, «un cáncer en el vestuario azulgrana». Aquel visionario cronista sigue escribiendo artículos, lo mismo que Paradas Romero, embelesado, continuará tendiendo puentes de plata a los contraataques de Iniesta.
Abnegada tarea la de ejercer de árbitro imparcial cuando -confiésalo- se te van los ojos detrás de la formidable esgrima de Cassius Clay. Es de justicia reconocer los méritos del colectivo de jueces, y hoy no tengo más que palabras de admiración para el árbitro del Deportivo-Real Madrid, que la otra noche acertó a dar por válido el primer gol de Benzema en Riazor.
Entiéndanlo. El valenciano Ayza Gámez tuvo que decidir en centésimas de segundo (contra el criterio de la asociación nacional de detractores de Guti y del multitudinario club de fans de Lass Diarra), que el taconazo más fabuloso de la historia del fútbol no incumplía ningún artículo del reglamento. Sin precedentes conocidos no era fácil sentar jurisprudencia.