JUAN J. ALONSO
Hubo un tiempo en que arbitrajes marcianos como los de Teixeira Vitienes en el Camp Nou desquiciaban al Barça, al público, a la prensa y a los aficionados. Eran los tiempos en que las ideas movían el mundo del fútbol. Esos tiempos ya son historia. Hoy, arbitrajes marcianos como los de Teixeira Vitienes desquician al público del Camp Nou, a la prensa barcelonista (haberla, hayla) y a los aficionados que vemos el fútbol desde el sofá, pero no al Barça. Hoy, las ideas ya no mueven el fútbol, así que mientras Los Otros, el envidioso público del Bernabeu, la alucinada prensa madridista y los cansinos aficionados blancos montan la teoría del Villarato con la paciencia de un Hegel, el Barça gana, y gana, y gana. Puede que la Fenomenología del Villarato acabe en las facultades de Filosofía (haberlas, haylas), pero Iniesta, ese Carlos Marx del fútbol, seguirá demostrando que sólo un cambio en la infraestructura del Barça podría provocar una modificación en el sistema social de la Liga. Y eso está lejos.
La fenomenología del Villarato es algo parecido a un virus: consiste en un núcleo de ARN o ADN blanco rodeado por un revestimiento de proteínas envidiosas. Como un virus es el ejemplo más complicado de materia inorgánica o el ejemplo más simple de materia viva, la Fenomenología del Villarato es el intento más complicado de hacer olvidar que el Barça de Guardiola es el mejor equipo de la historia del fútbol, o la manera más simple de convencer a los seguidores de Los Otros de que Messi y compañía no ganarían partidos sin la ayuda del Espíritu Absoluto de Villar. En otros tiempos, el Barça habría intentado acabar con ese virus fenomenológico utilizando antibióticos, bloqueando algún paso vital en la química celular de esa enorme teoría de la conspiración. El Barça ha entendido por fin que un virus fenomenológico como el del Villarato no es una célula, así que de nada sirven los antibióticos. Un catarro no se cura tomando antibióticos, y una acusación de ganar partidos gracias a la influencia del presidente de la Federación no se cura con ideas que bloqueen argumentos tan estúpidos, sino ganando al Getafe, con diez o con nueve.
Las ideas no mueven el fútbol. Los equipos, sí. Hegel puede seguir escribiendo su Fenomenología rodeado de periódicos, pero mientras tanto Carlos Marx ha conseguido unir al proletariado futbolístico (haberlo, haylo) y tomar el palacio de invierno de la Liga. Ladran con el Villarato, luego cabalgamos.