RAFA QUIRÓS
Un año más, el Sporting debe de haber llegado a ese recodo del camino en el que el Col del Telegraph enlaza con el del Galibier; cuando ¡al fin! terminas de remontar la cuesta de enero y empieza la de febrero. Regresó el equipo de Almería tarareando otra vez el chispeante estribillo de Manolo Escobar, con el sol brillando en los caireles y en perfecta sintonía con el escritor Georges Ade, para quien cualquiera puede ganar, a menos que resulte que haya un segundo contrincante.
Cada año por estas fechas el Sporting de Preciado se convierte en su propio contrincante. Al que le toca por calendario fuera de El Molinón le rechaza cualquier atisbo de concesión, como en Almería, donde a los diez minutos de partido el rival se inclinaba abiertamente por el intento de suicidio.
Suele el gijonés abandonar en invierno su condición de equipo de fútbol organizado para dar rienda suelta a una inquietud vocacional, que no es otra que la de probador de colchones. Los tapizados de muelles y látex se perfilan en Mareo en pretemporada, según un «diseño anaeróbico», y empiezan a probarse en enero, subiendo el Galibier. Se fabrican en esos otoños de vino y rosas en los que todo el monte es orégano, cuando De las Cuevas se parece un poco a Juanele o cuando Diego Camacho irrumpe con un aire a lo Joaquín. Cada invierno, el staff técnico y la plantilla de operarios al completo se van de vacaciones a cantar unos villancicos jubilosos y, de regreso a la fábrica, se suben todos al colchón y se ponen a dar brincos como unos niños traviesos.
En Ikea tienen un sistema parecido para mostrar la resistencia infinita de sus butacas de salón. A falta de contar con la plantilla del Sporting al completo, en casa del fabricante sueco la emprenden a puntapiés con el tapizado valiéndose de un pie ortopédico.
Cada año por estas fechas cunde el nerviosismo en la parroquia rojiblanca, al ver a su equipo con aire disipado, brincando encima del colchón. No será por falta de antecedentes, pues ese dichoso colchón de puntos del Sporting, con su argumento de intriga y su formidable carga emocional, ya es un clásico de nuestra Liga.
En estas inciertas semanas de espuma y viscoelástico, la plantilla de futbolistas probadores de colchones tiende a caer en episodios de enajenación transitoria. Tenemos el caso reciente de Juan Pablo, que iba para Ablanedo y se convirtió de repente en una estatua sin sotana. A Barral le habrán pedido que aprenda algún gesto técnico de Cristiano Ronaldo y el gaditano se confundiría de vídeo, pues ahora se pone a tentar narices a sus espaldas. En cuanto a Gregory, su empleo de baluarte lo aparca con frecuencia el francés para promocionar un interesante libro al estilo de Simone Ortega: «Las 1.001 formas de que te expulsen».
A ese ambiente de disipada distracción, con la feligresía en un brete, contribuye el entrenador colchonero cuando decide combatir la pertinaz sequía de sus goleadores con la fórmula promocional de Almacenes Al Pelayo. Un dos por uno en sintonía con la tesis de aquel célebre colega inglés: «Si piensas que el problema es grave, espera a que lo hayamos solucionado».