JUAN J. ALONSO
Es muy probable que el gol de Iniesta al Racing, el primero después de su inolvidable gol al Chelsea en Stamford Bridge, no provoque otro «baby boom» entre la afición azulgrana, pero es agradable pensar que los dioses del fútbol quisieron hacer un regalo en forma de gol a Iniesta en su partido número trescientos con el Barça. Esos mismos dioses, sin embargo, prefirieron ser discretos y, en el partido número cien de Guardiola como entrenador del Barça, regalaron al entrenador más guapo del mundo un partido cómodo ante un rival que fue al Camp Nou a ver pasar la vida. Dos de los cuatro goles del Barça al Racing fueron de charanga y pandereta, otro de rebote y, eso sí, Márquez se lució en el lanzamiento de una falta. Un centenario discreto, prudente y humilde. Como Guardiola, claro.
Como todos los santos, Guardiola es un hereje que ha tenido éxito. Los herejes, dice el escritor (y culé) Luis Racionero, son santos fracasados, y en el mundo del fútbol hay muchos. Pero Guardiola, un hereje que sólo dice cosas sensatas cuando le ponen delante un micrófono, que no ve el fútbol con la lógica frialdad de un Benítez y que jamás se comportará como un Mourinho cualquiera (¿vieron su espectáculo en el partido Inter-Sampdoria del sábado?), es ahora un santo porque ha tenido éxito. En el segundo partido de la temporada pasada, el Barça empató en casa precisamente contra el Racing, después de haber perdido en la primera jornada contra el Numancia. En ese momento, Guardiola era un hereje a punto de ser quemado no en la hoguera de las vanidades, como le pasó a Ronaldinho, sino en la hoguera de los técnicos que no soportan la presión de entrenar a un equipo como el Barça. Guardiola superó ese mal momento y ahora, ya en los altares del barcelonismo y del fútbol en general, puede permitirse el lujo de fichar centrales carísimos que vienen del frío sin que nadie le tosa.
Vemos jugar al Barça de San Guardiola, construido a golpe de cantera, y soñamos con ganar la Copa de Europa en el Bernabeu. Los seguidores de Los Otros también sueñan con eso, pero, al ver jugar al equipo de Pellegrini, los culés sólo podemos decir casi lo mismo que decía Sócrates cuando paseaba por los mercados repletos de mercancías: hay que ver la cantidad de jugadores que no necesitamos.