Reluciente y saneado salió ayer el Oviedo del estadio Príncipe Felipe de Cáceres, una bañera fangosa con agua, barro y poco césped Se ensució para ganar, sudó más de la cuenta, pero a veces el fútbol es justo con el mejor. Sobre la superficie más incómoda posible y con el cronómetro a punto de gritar basta, como más se degustan las victorias, los azules sacaron un triunfo completo. Completo porque mezcló superioridad y sufrimiento. Fue sobrado al principio y necesitado al final. Y lo solventó como exige el guión de un aspirante, de un serio aspirante. Rayco empujó en el descuento un excelso pase de Curro y desató el júbilo del oviedismo. Un oviedismo que mira a lo lejos presumiendo de cinco victorias consecutivas y con la moral en ascenso.
Contra la adversidad climática actuó Pichi Lucas por la vía de la sencillez y la cordura. ¿Que Invernón está medio tocado? A la grada, por si acaso. Vía libre para un deslucido Jandro en la izquierda y un gran Artabe de lateral derecho. El resto, lo previsible, con Curro y Rubén García en el medio y Perona y Manu Busto arriba. Paradojas del fútbol, el cántabro reservó para ayer su mejor actuación de oviedista sobre una superficie nada propensa para sus exquisitas cualidades. Tiene Manu Busto una calidad superior que le concede el don del desequilibrio y le convierte en imprescindible, salvo cuando le da por desaparecer, bastante a menudo. El delantero puso en liza en Cáceres lo mejor de su repertorio. Escogió en cada jugada lo más eficaz para el equipo y no para él, y conjugó hermosura con efectividad, incordio con trabajo.
En torno a él se desplegó el Oviedo con inteligencia, ensanchando el campo hasta la cal y posibilitando lo que pedía el deplorable estado del césped: balones largos a la espalda de la defensa. Nada de rasear. Ordenado atrás y valiente arriba. El Cacereño, un grupo sorprendentemente indolente, aportó entrega y presión, nada más. Sólo inquietaron al principio en un cabezazo espléndidamente respondido por Aulestia y a raíz del empate, obra de Rubén Jurado de cabeza mediada la segunda mitad. Los azules, pues, se sintieron superiores desde el principio, con una banda derecha muy activa, bien Moré, bien Artabe. Las llegadas se adivinaban despejadas, tantas como para sentenciar.
La primera, de Perona, la salvó Vargas in extremis. La segunda, también del delantero, solo en el área, la rechazó otra vez Vargas. Asediaron los asturianos con un testarazo de Jorge Rodríguez desviado hasta el gol, un tanto con fortuna. El árbitro cortó un pase sin querer de la defensa local y el cuero le cayó a Busto, que abrió para la entrada de Moré. El extremo profundizó y engañó a Vargas con un disparo por el primer palo.
La reanudación dibujó una obra menos entretenida, más alejada de las áreas, con mucha pelea en el medio. Bajó el pistón un Oviedo más impreciso y se confió tanto que cedió el empate en un descuido defensivo. Pero se repuso y escuchó la llamada de su grandeza, jaleada toda la tarde por sus fieles en las gradas. Se fue para adelante y se creyó la victoria. Rayco la tuvo clara en el 90, pero se le fue alto. Sin embargo, la bota del canario estuvo en el momento justo cinco minutos después, para empujar a gol la perfecta asistencia de Curro. La postrera e infantil expulsión del propio Curro ya habrá tiempo para evaluarla.