Gijón, Mario D. BRAÑA
En dos años Graciela Pisonero pasó de ser una gran aficionada a navegar a la primera olímpica asturiana en vela. En 2002 aceptó la recomendación de su entrenador de entonces, Carlos Llamas, y se volcó en el deporte que había elegido de pequeña, cuando dudaba entre la vela, el patinaje y la gimnasia artística. Eso le permitió estar disponible cuando los técnicos de la Federación Española buscaban la tercera integrante para la tripulación del barco de la clase yngling, que preparaba su estreno para los Juegos Olímpicos de Atenas.
«Querían una chica con una altura, un peso y un carácter determinados», explica Pisonero, que superó el «casting» para acompañar a Mónica Azón (patrón o «skipper») y Marina Sánchez, otra debutante. «Mi tarea era llevar el spi ("spinnaker"), para mantener el equilibrio del barco. También tenía que tranquilizar el ambiente», expone la gijonesa. Las cosas fueron bien y en Semana Santa de 2004 la Federación Española confirmó que el billete para Grecia era suyo.
Pisonero admite que para ella aquello «ya era un lujo. Pero sí teníamos presión, porque Mónica llevaba cuatro años haciendo la preparación olímpica. Por eso el trabajo que hicimos era para ganar». A la hora de la verdad, las cosas no fueron bien y tuvieron que conformarse con el duodécimo puesto: «En las primeras regatas hubo mucho viento, que nos perjudicaba. Y cuando empezó a soplar más suave ya no estábamos mentalizadas para seguir luchando. De hecho, en la última jornada aún teníamos opciones de podio».
El primer capítulo del sueño olímpico de Graciela Pisonero no tuvo un final feliz: «No teníamos conexión de equipo. Acabamos tan mal que ni nos miramos. Yo tenía previsto quedarme una semana en Grecia, pero llamé a la agencia para que me cambiase el billete porque quería irme a casa». Ya en Asturias, ni siquiera siguió las pruebas por televisión, aunque con el tiempo se queda con las sensaciones más positivas. «La ceremonia de inauguración fue espectacular. Es lo mejor de los Juegos. Competíamos al día siguiente y se hace un poco pesado, pero no me arrepiento».
Pisonero inició el siguiente ciclo olímpico en un barco de la clase laser, «así todo era para mí, lo bueno y lo malo», pero una llamada de Mónica Azón la animó a volver al yngling. Con muy buenas sensaciones competitivas: «En 2006 ganamos el Mundial de yngling en La Rochelle, pero tampoco había buen rollo en el barco». Graciela y las hermanas Azón ignoraron la difícil convivencia con la certeza de que en Pekín podían llegar muy alto: «Un mes y medio antes de los Juegos éramos el barco más rápido».
Cuando empezaron a fallar los resultados todo saltó por los aires: «Mónica tenía un carácter muy difícil. Sandra y yo intentamos reconducir la situación a diario, pero fue imposible. Era una impotencia tremenda ver que puedes ganar una medalla y a mitad de competición ya no tenías opciones ni de diploma. Las noches eran muy duras, no paraba de llorar, como una niña, sólo quería que viniese mi madre». Casi dos años después, todo es diferente. Graciela tiene otras compañeras en una nueva clase, match race, con más competencia para lograr la plaza olímpica, pero un ambiente «buenísimo. Es lo mejor del equipo. Por eso pienso que a la tercera va la vencida».
Graciela Pisonero Castro nació en Gijón el 3 de agosto de 1982. Empezó a practicar vela con 7 años en el Club Albatros de Villaviciosa. Actualmente pertenece al Club Marítimo de Luanco. En 2004, duodécima en los Juegos Olímpicos de Atenas en la clase yngling, junto a Mónica Azón y Marina Sánchez. En 2006, medalla de oro en el Campeonato del Mundo de La Rochelle, junto a las hermanas Mónica y Sandra Azón. En los Juegos de Pekín 2008, decimocuarta. En 2009, subcampeona de España de la clase match race.